Teoría del complot
| 6 diciembre, 2011 | Posted by Jorge E. Lage under Literatura |
Por: Jorge Enrique Lage
Este personaje llega a la pampa argentina. Un mulato elegante y simpático que usa palabras como chévere y vacilón. Sabe bailar y habla como si siempre estuviera de fiesta. Aventurero, seductor de mujeres y de hombres. Se llama Tony Durán y es puertorriqueño, pero calcado de un molde común a todo el Caribe hispano. Un personaje que pudo haber nacido lo mismo en San Juan que en Miami, La Habana o Santo Domingo.
Por este prototipo caribeño pasan el pelotero profesional y el narcotraficante, el chulo y el jinetero, el cantante popular y el latin lover de culebrón. El macho alfa que en Cuba va desde el revolucionario de los 60, Fidel Castro el primero, hasta el reguetonero de hoy (ver un diálogo entre ambos en ese interesante documento que es el videoclip Creo, de Baby Lores).
En la novela Papi (Editorial Periférica), la dominicana Rita Indiana retrata a ese personaje tan familiar en todo su glamour mafioso, mezcla de sensualidad y peligro. Tony Durán, el papi de la más reciente novela del argentino Ricardo Piglia, Blanco nocturno (Anagrama), termina asesinado de una puñalada en un pueblito de la provincia de Buenos Aires, donde su presencia había causado sensación.
“Era distinto, aunque no fue por eso que lo mataron, sino porque se parecía a lo que nosotros imaginábamos que tenía que ser”, dice el comisario Croce, uno de los investigadores de la trama. El otro es Emilio Renzi, viejo conocido de los lectores de Piglia, que aquí es un joven periodista venido de la capital para escribir una crónica sobre el crimen.
Es el año 1972. Nadie sabe bien qué fue hacer Tony Durán a aquel pueblo. Él dice estar interesado en los caballos. Todos suponen que es un “valijero”, uno que trae plata clandestina para negociar “en negro” y evadir impuestos. El papi caribeño es el pícaro, el contrabandista. Desde el principio su figura queda asociada a fondos ilícitos, a movimientos oscuros de capital.
En una conferencia llamada “Teoría del complot” y publicada en el número 245 de la revista Casa de las Américas (2006), decía Piglia:
“¿Quién firma el dinero, qué poder autentifica su valor, qué esfinge representa a ese equivalente general que regula el intercambio de masas y la repetición periódica de las crisis? Esa es la pregunta de Nietzsche y su respuesta es ver la economía bajo la forma de una conjura mundial.”
Un eco de ese Nietzsche parece llegar hasta Croce en el momento en que encuentra un billete de cincuenta dólares cerca de la escena del crimen:
“Vio en el billete la cara del general Grant: the butcher, un borracho, un héroe, un criminal, inventó la táctica de la tierra arrasada, iba con el ejército del Norte y quemaba las ciudades, los sembrados, sólo entraba en batalla cuando tenía una superioridad de cinco a uno, después fusilaba a todos los prisioneros.”
El comisario empieza a entender: “La cara del general parece un mapa. Un rastro en la tierra.”
Rastro que en Blanco nocturno enlaza la suerte de Tony Durán con la de Luca Belladona, el inventor alucinado, un visionario que parece un personaje de Roberto Arlt (no podía faltar), encerrado en su fábrica en medio del desierto.
Años atrás, esa fábrica ensamblaba autos modernos y estaba a la cabeza de la industria nacional. Pero cayó en quiebra y se convirtió en blanco de disputas financieras. Luca batalla por conservar la propiedad mientras se entrega a sus proyectos fantásticos: construir lo que él llama “los objetos de su imaginación”.
(Entre las abandonadas líneas de montaje y las maquinarias traídas de Cincinatti, se levanta una estructura piramidal provista de un sistema de brazos telescópicos y pantallas sintonizadas en distintos canales. “Éste es el anuncio de la nueva época”, explica Luca, “vehículos quietos que traerán el mundo hacia nosotros en lugar de tener que viajar nosotros hacia el mundo”.)
Las fuerzas que rodean a la fábrica tienen una idea diferente del progreso, y quieren apoderarse del terreno para construir nada más y nada menos que el primer gran centro comercial de Argentina. Luca Belladona debe regresar a la realidad, al sentido común.
¿Pero qué sentido común? ¿La realidad del capital no es también ilusoria? Piglia ubica estas intrigas en 1971, cuando Nixon estaba anunciando el fin de la convertibilidad en oro del dólar. Al escuchar la noticia, Luca llega a la conclusión de que “pronto iba a empezar a predominar la especulación financiera sobre la producción material. Los banqueros iban a imponer sus normas y las operaciones abstractas iban a dominar la economía”.
Los inventos de Luca representan entonces un acto de resistencia. Cercado por las deudas, presionado por los bancos, el inventor trata de materializar sus ideas siguiendo una lógica parecida a la del arte y los sueños. La fábrica en medio del desierto es un anacronismo y una fortaleza sitiada.
En una nota al pie, Piglia nos dice que en vísperas de la Guerra de las Malvinas, diez años después de los hechos narrados, “Renzi leyó en The Guardian que los soldados ingleses estaban provistos de anteojos infrarrojos que les permitían ver en la oscuridad y disparar sobre un blanco nocturno y se dio cuenta que la guerra estaba perdida antes de empezar.”
Del mismo modo estaba perdida de antemano la guerra de Luca Belladona por su fábrica. El cadáver de Tony Durán es el insecto en esa telaraña que lo envuelve y paraliza y en definitiva acaba con él. La conjura mundial de la economía es una conjura en aquella pampa llena de culpables.
Dos víctimas hay en la novela: el inventor loco que vive en otra parte, en el futuro tal vez, y no advierte lo que se trama en torno suyo; y el papi caribeño que se cree un jugador cuando en realidad es una de las jugadas. La economía los pone a ambos en su lugar: uno cae entrampado como un ingenuo y el otro muere como un pobre hijo de puta.
La economía, entonces, como sustancia nuclear de lo que Piglia llama ficción paranoica: un nuevo género policiaco. “La investigación no tiene fin, no puede terminar”, piensa Renzi. “Todos son sospechosos, todos se sienten perseguidos. El criminal ya no es un individuo aislado, sino una gavilla que tiene el poder absoluto. Nadie comprende lo que está pasando; las pistas y los testimonios son contradictorios y mantienen las sospechas en el aire.”
En un viejo episodio de Family Guy —los nuevos comerciantes del DVD en Cuba siguen sin vender las series animadas de autores como Seth MacFarlane, Trey Parker y Matt Stone, ¿en qué estarán pasando?— Peter y Lois llegan por accidente a La Habana. Encuentran un Tony Durán en el aeropuerto, otro en los alrededores del Capitolio y otro en una balsa en medio del mar, pero el momento clave es cuando Peter dice: “Aquí todo se consigue en el mercado negro.” Hay un corte y entonces vemos un gran supermercado que dice por fuera: Black Market.
En ese chiste, en ese centro comercial donde hay de todo, puede encontrarse un rastro o una pista de esa ficción paranoica cubana que tal vez leeremos en el futuro, solos, como blancos en la oscuridad.

lage, todo lo que explicas está bien, desmenuzar el texto, “interpretar” las intenciones del autor, pero yo esperaba más de piglia, a veces parecía que la novela despegaría pero volvía a hundirse, me quedé con las ganas… es sólo una opinión