Por: Franco Alfonso

Es tu cumpleaños y estás sentado ante un teléfono mudo. Allí pasas frío, aquí estás aburrido. Esta película es el espejo de Alicia, una nota: Pierdes o Huyes. Una pastilla en cada mano: blue or red o viceversa. Una ecuación de suma cero. Dos necedades. ¿Qué es la Patria? Where are you from, asere? Pioneros por el comunismo… Just do it.

Según Isaiah Berlin, estar solo es estar entre hombres que no saben lo que uno significa. El emigrado debe cambiar su signo o sufrir. Una tragedia que a los cubanos nos desvela hace ya bastante tiempo. Nuestra definición del fenómeno tiene mucho de circunferencia inconclusa. El arte ayuda a esculpir su rostro más allá de aquella visión que nos dividía en malos que se fueron y buenos que se quedaron. Se suma a un juego en el que la memoria falsea la realidad moldeándola pero sin dejar de interrogarla.

Larga distancia, La nueva película de Esteban Insáusti, padece el aliento de esa duda. No nos engaña el director cuando nos dice que su película no es más de lo mismo que tiene algo nuevo que decir. Mezclando elementos del documental que recuerdan a uno de los principales referentes de su filmografía documental o ficción (Guillén Landrián), con un tipo de cine que aspira machacar las sensibilidades y cuyo mejor exponente hoy día es Michael Haneke, Insáusti logra una obra compleja, en ocasiones bella. Es más, a nivel formal no hay ahora mismo en el cine cubano nada que se compare a esta película. La supuesta vocación de los cineastas cubanos (los jóvenes, porque de los establecidos ni hablar) por hacer un cine que a nivel de conceptos artísticos dialogue con los estándares contemporáneos ya en Insáusti roza la madurez. La suya no es una estética de corta y pega, hay estudio, buen gusto pero también hay riesgos, saltos al vacío. Y esa intención por subir la parada, por exigir más del espectador, de sacudir provocando una sucesión de estados de ánimo que conducen al vértigo no la palpo en otros cineastas.

Ahora, que es lo lamentable, esta cinta de complejidades, de frustraciones, de sueños rotos pretende tener todas las respuestas, no se detiene ante la realidad como ante una interrogante. Con cada trozo de techo que cae nos lanza a la cara supuestas certezas. Sin sutilezas pretende explicarnos por qué se van los que se van y se quedan los que se quedan. Y aún peor: construye una visión lastimosa de los jóvenes cubanos, constreñidos y manipulados por accidentes, asfixiados entre padres alcohólicos o egoístas, hijos que desean peluches caros, y empresarios voraces que anhelan tu prostitución. Por favor, dejémosle la lástima a otros, porque el camino a la lástima está repleto de zozobras pero también de vulgaridades, de espíritu de aldeano vanidoso. Para descubrir los secretos de la realidad hay que hacer silencio. El creador debe dejar un espacio a la sorpresa, no encajar situaciones al tronco de una idea redonda y perfecta. Porque como espectador me quedan dos opciones: indignarme o aburrirme. Y es en suma lo que pasa con un argumento que tiene como núcleo no un mensaje escurridizo, la ambigüedad de lo humano, más bien una sentencia, un manual de simplezas. El veredicto de esta película me coloca en el papel de Esteban, aquel personaje del Siglo de las Luces, que se opone alas obviedades incluso antes de que estas lleguen a tener el cariz ideológico (cualquiera sea ese cariz). Y yo, si bien no tolero esa caricatura festiva de la sociedad cubana que aparece en la prensa, me río irónico ante la muchacha conmovida que escapó por tener que lavarse la boca con jabón y limpiarse con papel de periódico, por favor. Esa perspectiva es fallida sobre todo porque fomenta lo irresponsable (de una generación) que no lo es (irresponsable) por escoger el bien individual sobre el común; lo es sobre todo por ser incapaz de asumir sus decisiones con madurez, afrontar las consecuencias. No se piense con esto último que tengo algo en contra de los emigrados, para nada, lo que me molesta es que alguien adopte la lástima y un paternalismo que los define como moscas atrapadas en la madeja de unas circunstancias que fueron para ellos excesivamente duras. No les dejo otra opción que la soledad. Algo que es falso: siempre hay más de una opción —incluso más de dos, algo que la apariencia nos escamotea, pero en esta historia debió aparecer.

Bueno, ¿y eso basta para que Larga distancia sea una mala película? No, pero tampoco es buena, porque no hay obra de arte sin ironía, sin misterio. La osadía formal, la sugestiva dirección de arte y una edición tramposa (no en sentido negativo), no salvan un argumento sin la energía centrípeta necesaria para unificar y darnos la sensación de un todo. Y además, con un enfoque fallido y —seré osado— cobarde. Sí, cobarde en cuanto se complace a sí mismo a las ideas preconcebidas y manidas que una y otra vez enfrentan el tema de la emigración sin complejizarlo y rozando en ocasiones lo melodramático. Para superar la ilustración complaciente, si se precisa alguna sabiduría no es otra que la de la incertidumbre.