Regresar a Cuba
| 31 enero, 2012 | Posted by Michel García Cruz under Bitácoras |
(Remake de la noche viendo Fresa y chocolate)
Por: Michel García Cruz
En el silencio propicio de la noche cojo la película Fresa y chocolate una vez más, como para querer transportarme a Cuba desde la sala de mi casa —lo confortable de mis cojines y afuera los autos pasando, llenando la avenida, inundando de luces los cristales de mi alta ventana—. La noche es propicia, ya lo sabemos, a lecturas como estas. Sobre todo, como es evidente, porque no es la primera vez, ni la primera noche, en la que me dispongo a cerrar por unas horas (casi dos) mi realidad valenciana, española, por añadidura europea, por añadidura mucho más vieja que aquel otro país, que aquella ciudad que ahora mismo se muere de calor en el fragor de las cuatro de la tarde, donde fue hecha esta película en el ya lejano 1993. Me meto una vez más en el mundo de Fresa y chocolate y ya la acción excede la anécdota (he visto tantas veces la película que lo que ocurra allí me es ya casi indiferente, aunque todos sabemos que no. En el transcurso de los últimos cuatro años puedo afirmar haber visto más de cincuenta veces esta película, como cuando vivía en Cuba leía cada día (durante un tiempo, casi un año podría decir) el cuento Figuras de Raúl Aguiar, todos los días, antes de salir para el trabajo, en el despertar de las siete o las seis de la mañana. También leo desde que lo hice por primera vez (en estos dos últimos años tuve que interrumpir o frenar tal necesidad) La muerte en Venecia de Thomas Mann, o veo una y otra vez (prácticamente cada noche, y todo esto es estrictamente real) una película distinta de Almodóvar, un director al que, como se puede ver, adoro. Repeticiones que ocurren casi todas ellas en lo propicio de las noches silentes en Europa, como esa película que de momento he visto una sola vez en el cine, The artist, francesa tenía que ser para constituir un homenaje al cine mudo, estrenada a finales del año 2011. Nadie habla en aquella película que puede desencantar al principio, pero que en el décimo minuto hace soñar una vez más, y creerse que uno mismo está viviendo esa historia, como en todas las buenas historias. A estas alturas Diego ya ha seducido a David y aquel ha regresado a su casa varias veces, mientras un maravilloso Francisco Gattorno encuentra recovecos por donde guiar a su maltrecha revolución, para cazar al “maricón” de Diego. A estas alturas el sueño no me vence, dejo de ser yo, soy las calles de La Habana que constato no están en la avenida que hay debajo de mi casa y a la que dan mis ventanas, que no se están cayendo los edificios que me rodean, ni el mío propio, y que no suben mis vecinos un puerco vivo mientras David visita a “la compañera de vigilancia”, que en realidad está enamorada de él. Debo confesar que en este punto de la película, en los primeros años que pasé en España tenía que cerciorarme bien dónde estaba yo exactamente; miraba a través de las ventanas hacia la calle, porque los ámbitos de la película y los de mi realidad circundante lograban confundirme, algo que por fortuna ya no me ocurre. Hoy, de alguna manera muy real y práctica, estoy separado de la realidad que se vive en La Habana, en Cuba, ese país al que siempre quiero volver, a veces en películas como esta, en cuentos como los de Raúl Aguiar y en tantas otras cosas, pero la confusión inicial de no saber dónde estaba ya ha dejado de producirse, lo que significa que al menos en algún recoveco de mi mente y mi persona se ha alcanzado algo de madurez, o cosa parecida. Estoy en Valencia, en España, un país más propio de Almodóvar, Álex de la Iglesia, David Bisbal, Pepa Bueno o Javier Marías que de Jorge Perugorría, Tomás Gutiérrez Alea, Senel Paz o Vladimir Cruz. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Volvemos a la película una vez más, ahora ya a apunto de terminar, de dejar ese regusto de apagar con tristeza el DVD; mirar una vez más el salón vacío, la avenida casi vacía también porque un día entre semana, a partir de las diez, no hay casi tráfico en las grandes ciudades; a veces a su pesar Valencia no deja de ser una gran ciudad o, mejor dicho, de intentar serlo. Me quedo una vez más con el DVD en la mano antes de guardarlo en su correspondiente cajón del mueble del salón. Me quedo con la luz tenue, sin apagar, apagado yo mismo mirando a través de los cristales, y de repente sé muy bien dónde estoy y qué es lo que acabo de ver y de sentir: he experimentado en mí, una vez más, mi país, he constatado que puedo vivir en el último confín de la tierra pero que siempre sabré a dónde tengo que volver: a donde están las calles que no dejan de asaltarme en mis sueños, los sueños de la infancia y de la juventud, donde están esos edificios derruidos que nunca se restaurarán del todo bien, ni mal, el aire, las guaguas, la gente, las velas encendidas para venerar más una imagen que un santo, la estatua de Cristo desde donde Diego y David miran la ciudad casi póstumamente, como la miré (y la miro) yo en su día, cuando voy o cuando sueño que no me he ido, cuando no sé en qué ciudad estoy, si en Madrid, en mi cuarto del barrio de las afueras de La Habana que compartía con mi abuela, en mi casa de Valencia, o en un hotel de una ciudad del Sur que me confunde, que me hace no dejar de ver la confusión del mundo como mía, como nativo o extranjero en todas las ciudades y países en los que me ha sido dado estar. Eso tiene la noche y su silencio propicio mientras Diego y David (socialismos aparte) se dan el abrazo magistral que sin embargo no consiguió el ansiado Oscar vaya usted a saber porqué, porque creo que la película entera (desde guionistas, actores, directores, músicos, iluminadores, etc.) se lo merecía. De cualquier manera sigo estando aquí aunque la película haya pretendido (y logrado) llevarme a un allí que, como declaran Gema y Pavel en cierto documental encontrado en Internet, “cada vez más es un invento”. La Habana que se sueña desde aquí no deja de tener grandes (o inmensas) cotas de invento, de sueño, de ínfula, de deseo del no estar estando, de desaparecer regresando, de diluirse en sus calles, mirando a los paseantes a través de un gran cristal por donde no deja de correr el agua (de lluvia o artificial). Da igual que se invente o se sueñe, la ciudad siempre va a estar ahí. Y, de todas formas, sigue siendo el lugar a donde uno siempre quiere volver. Guardo la película y apago la luz. Me apago yo mismo antes de irme definitivamente a dormir.

Hola muchachos, traté de leer las palabritas del autor de este artículo, y la verdad es que tuve que apagar el computador, pues la música y la lectura de este texto, me dieron muchas ganas de llorar, que tristeza, pero luego, lueguito que me sequé mis muchas lágrimas, me quedé pensando, acaso estoy llorando porque el autor tan solo quiere decir que esta triste por estar fuera del país, que tiene una inmensa cultura en cuanto consumo de cintas digitales, libros, y demás, no entiendo, a mi como que el autor necesita un psicoanalista y venir a su país un rato a llorar un ratito con sus colegas en el P4, pero en realidad después de tanto pensar, no tuve nada más que hacer, rompí otra vez a llorar, y aplauso para este pobre pibe que necesita de nuestros corazones, por favor Maga apagame la musica de Alvaro Torres, pará, pará!!!
Hola muchachos, traté de leer las palabritas del autor de este artículo, y la verdad es que tuve que apagar el computador, pues la música y la lectura de este texto, me dieron muchas ganas de llorar, que tristeza, pero luego, lueguito que me sequé mis muchas lágrimas, me quedé pensando, acaso estoy llorando porque el autor tan solo quiere decir que esta triste por estar fuera del país, que tiene una inmensa cultura en cuanto consumo de cintas digitales, libros, y demás, no entiendo, a mi como que el autor necesita un psicoanalista y venir a su país un rato a llorar un ratito con sus colegas en el P4, pero en realidad después de tanto pensar, no tuve nada más que hacer, rompí otra vez a llorar, y aplauso para este pobre pibe que necesita de nuestros corazones, por favor Maga apagame la música de Alvaro Torres y quitá la novela del televisor, !!!pará, pará, pará!!!
Vamos a ver Oliveira si leemos más, si nos documentamos más y vemos la película a la que se hace referencia y se dejan ya las tonterías pasadas por agua, ¿eh? A leer, a culturizarse, a entender el mundo y lo que lo rodea y a coonvivir con todos los sentimientos que caben en él, pero desde el desarrollo y la modernidad, esto es una simple rememoración del pasado que viene de los libros, del cine, de la vida misma, que lo que hay que hacer es vivir intensamente, sin miedo a nada. Así que, como dice un programa que hay aqui en la televisión española, ¡Tonterías las Justas!
Ya lo decía mi viejo amigo Cortázar, la literatura cubana está enferma de tanto nacionalismo patético, en fin, camarada Michel, te haré caso, empezaré a leer al igual que tu las siguientes revistas: Cosmopolita, Hola, People, etc, ¿es esto a lo que te refieres? sin duda camarada, seguro de esta manera he de perder los miedos a no viajar, a no llorar desde comodos cojines mientras invoco interesante teleseries españolas, joder, tío, hostia, ¿a qué ya cambiaste asere por tío? ya te olvidaste de quien sos. ¿Eh? acaso te acordás de cuando pediste el último en la bodeguita de tu barrio mientras Rayuela te esperaba bajo la luz del bombilla de casa tan solo media hora antes de que el apagón empezara a tomar cuerpo en tu bella ciudad, la Habana.
Tenés razón, jajaja, !Tonterías las justas! tenés razón, jaja. La verdad, es que me ha gustado mucho los versos Becaquerianos de este artículo. Saludos a los chicos de Vercuba.
Puedes leer lo que quieras, incluso las mencionadas revistas, que no sé en base a qué sugieres que pueda leer yo, por interesantes o tontas que puedan ser, etc., eso desde el punto de vista de quien las lea y el interés que les preste, etc. No sé si la literatura cubana está enferma de un nacionalismo patético, a lo mejor sí, aunque creo que cada país refleja a través de sus libros o de la literatura que hace sus propios problemas: uno de los más acuciantes en Cuba es la desgracia de no ver más allá de sus estrechas fronteras dado su bloqueo estrictamente nacional y por muchos otros que aunque están y son factibles es mejor no traer a colación. Si he cmabiado el asere por el tío no creo que sea de tu incumbencia ni de la de nadie, porque además creo que si es así (algo que no tiene para mí la menor importancia) significa que he aprendido a vivir más en dos o tres mundos que en la estrechez que persigue mi país, desde tiempos inmemoriales. Llevo dentro de mí y a veces fuera la cola del pan de mi bodega natal, pero también muchas cosas del lugar donde vivo ahora, sea el que sea, que también (con toda razón y porqué no) es también mi casa. Así que no me da miedo reflexionar y pensar o rememorar lo que estime conveniente y hacerlo desde la posición que esoja, sea cual sea, dado que cada cual tiene su vida y la refleja o la piensa y analiza desde el punto de vista que más se le acomode, etc. En fin, que desde la bodega o el malecón, el camello (guagua tipo camión que circulan por las calles de La Habana), los cojines o El Corte Inglés es la reflexión lo que cuenta, el recuerdo y la comparación con lo que era, y por supiuesto, con lo que es. Pese a quien pese, etc. Un saludo!
Bueno, bueno, Horacio, dejate de pavadas con el chico, acaso no sabés que es cubano, que está extaciado con esa modernidad y desarrollo, y que a la vez no puede contener sus lágrimas cuando sueña con desasogiego, provocado por una cinta de los 90 (Fresa y Chocolate), la cual le regala esa Ciudad la que tanto añora, y la que seguro no desea volver a vivir, pues sabrá Dios porqué este chico desde armoniosos cojines llora su pasado, el cual seguro fue de mucho asedio, ¿eh?.
Dejalo en paz Oliveira, dejalo, vos no cambias, seguís siendo el mismo, acaso se te olvido cuando vos estabas en París. Deja al muchacho, va y se volvió millonario en Valencia, la realidad de la cual por momentos desea exiliarse desde si, dejalo en paz Horacio, dejá al pibe en paz que seguro estaba emocionado mientras tecleaba este artículo triste, lloroso, y muy, muy culto, dejale escuchar en su interior el piano de la ausencia, la melodía de una balada para Adeline, dejalo en paz Horacio, o es que vos tenés envidia que el pibe desde una situación comoda en esa realidad valenciana te hable de sus años tristes de dictadura, asedio, o sabe Dios qué le pasó que tuvo que marcharse para escribir este artículito. Callate ya Horacio, vas a despertar a Rocamadour.
viva españa, joder, viva la madre patria
Horacio, no seás necio, dejá en paz al pibe, acaso no sabes que es cubano, un chico que sufre de aflixiones bajo el techo de su casa en Valencia, esa realidad que tanto le aturde desde los cristales que remedan en imagenes el pasar de lo coches, dejalo, Horacio, vos también estuviste fuera de tu país, vos también hablabas de nostalgias, solo que claro lo hacíamos de otra manera, siempre nos cuidamos de ser quiene somos, pero igual es otra época, entendé, que hoy día los chicos son la consecuencia de un pensamiento líquido que habla sobre el arte efímero, y quizás Michel se haya atraído, aunque no lo tenga conciente de que su época es una suma de años extraños. Por favor, Horacio, dejalo, dejate de pavadas, callate que vas a despertar a Rocamoduor.
Al fin se cayó y Rocamadour sigue durmiendo, menos mal!
joder, chicos, al fin hicieron silencio, no obstante deseo volver a leer a ese chico antillano, me ha gustado su artículo, no importa el embase, lo que importa es el contenido, aunque yo, si fuera mío el artículo, y con todo respeto, Michel, nomás le hubiera quitado un tantito la atmosfera de clase media, eso te da más credibilidad, recuerda que te leerán muchos, pero igual, también vale la sinceridad, la honestidad, por eso te felicito, ah, los coínes, no me parecen cómodos.
Saludos a los chicos de vercuba.com. les felicito por tan excelente trabajo, por tanta generosidad pues no sé si saben pero es un trabajo sin beneficio alguno, aprende de ellos Michel, y que bueno pues, que puedan contar también con tu humildad.
Hagáse la luz, y que se acabe el silencio.
Michel, ya ves que compartimos nostalgias. Te felicito por tu sensibilidad y tu madurez. No veo ninguna atmósfera de clase media en lo que escribes. Y si así fuera, no veo tampoco por qué tenemos que padecer esa fobia a este estrato social. La clase media no está en lo absoluto reñida con la credibilidad. Todo lo contrario. De hecho, incluso las mejores historias de la literatura universal, (unque esto no venga a cuento ahora), provienen de este mundo.