Por: Zurelys López Amaya

Conversación con Fernando Pérez

¿Cómo ve a los jóvenes realizadores que tratan de decirnos algo diferente y que a veces no logramos entender como deberíamos? ¿Le parece que están en el camino de la verdad o es sólo una necesidad de sobresalir para ser escuchados?

Puede ser un lugar común decir que pertenece a los jóvenes, o se atribuye a los jóvenes la necesidad de cambio. Ellos son los que tienen que transformar, porque en el discurso oficial hoy en Cuba son los jóvenes los que deben tener un espacio. Pero en la práctica no es así, y realmente las ideas de transformación y de cambio para que tengan un sentido, para mí tienen que ser reales, y siento que, sin hablar a nivel de generalización de la juventud cubana, a los jóvenes hoy en Cuba se les dificulta tener un espacio donde expresar sus ideas controvertidas, contradictorias, que tienen la necesidad de negar muchísimas cosas para que después en un futuro haya una convergencia con las ideas de hoy. Pero si uno piensa que los jóvenes son los que tienen que transformar y continuar la evolución de nuestra realidad, uno tiene que darles una sola cosa: libertad. Libertad para que puedan equivocarse, pero guiarse también por sus ideas. Uno no puede pensar en guiarlos hacia un fin. Ese es mi principio, porque también fui joven y como joven negué muchísimas cosas para lograr las que yo creía que tenían que ser. Fui joven en los años 60, por tanto mis ideas eran revolucionarias en ese momento. Entonces, ¿cuáles son las ideas revolucionarias de un joven de hoy en la cultura y en la sociedad? Yo hablo desde mi experiencia en el ámbito de la creación artística y de la cultura, pero también eso no está aislado del contexto social, por lo tanto lo extiendo también en una gran medida al contexto social en que se desenvuelve. Para mí el concepto de joven está ligado a un concepto imprescindible que defino como libertad de movimiento. El joven tiene que tener libertad de movimiento. Su conducta no puede estar estratificada, guiada, para lograr los objetivos y los cambios que se plantee. Yo confío en los jóvenes, porque confié en mí también cuando era joven. Me miro en retrospectiva y a veces pensé cosas que no eran las más aceptadas, pero estaba actuando acorde con las necesidades de cambio que en mi época eran necesarias, y los jóvenes de hoy tienen necesidad de cambio. Creo que al momento en que ha llegado nuestro desarrollo cultural y el desarrollo social nuestro, los jóvenes tienen que cambiar muchísimas cosas y preservar otras, porque realmente hay que preservar muchísimas cosas. Pero hay que escucharlos. En la pregunta tú decías que hay que escucharlos para entenderlos. No se trata de entenderlos. Quizás los de otras generaciones van a tener otra concepción que no va a ser la de los jóvenes y será muy difícil que los entiendan. Ellos empiezan a negar, empiezan a rechazar, pero lo que hay es que confiar en los jóvenes para que ellos hagan lo que ellos tienen que hacer a riesgo de equivocarse, pero eso es la necesidad, la dialéctica. Y el concepto para mí de dialéctica es ése, la contradicción que lleva al cambio, al desarrollo y a la evolución positiva. En el terreno del arte siempre ha habido generaciones que niegan a la anterior, después todo se ve como un proceso de continuidad necesario, donde los valores que una generación determinada logró artísticamente van a ser permanentes, pero se agregan otros valores que son los que trae esa nueva generación. No se trata de comprensión, se trata de libertad de movimiento. Trabajo hace dos años con los jóvenes porque es donde mejor me siento ahora en el ICAIC, en la Muestra de Cine Joven. Allí hay una ebullición de ideas, de inquietudes, de búsquedas que no están comprometidas con nada, y en esa ebullición encuentro una verdad, una libertad que me enriquece y no quisiera quedarme atrás. Por eso estoy allí y a la vez estoy tratando que la Muestra no se convierta en algo que trate de guiar a los jóvenes por determinados senderos y caminos, sino que la Muestra pase a estar también en manos de los jóvenes y sean ellos quienes marquen los horizontes hacia los que se dirigen en la creación del audiovisual. Ojalá fuera así en todo el país.

Me consta que su personalidad no es difícil cuando uno se acerca a conversar. Se muestra apacible, metódico, analítico y sobre todo abierto, aunque por momentos parece muy triste.

Yo me siento un hombre muy sencillo, muy simple. Incluso me cuesta trabajo expresar en palabras todas las cosas que ocurren en mis sentimientos, pero siempre que tengo que comunicarme trato de expresarlo de la manera más sencilla. Me considero un hombre común y corriente con una sensibilidad, por supuesto que la tengo y es muy fuerte, pero no me siento un ser humano de una tal complejidad que resulte inaccesible, me considero como un mortal, y eso me llena, es lo que me da energía creadora, no sentirme tampoco un ser especial, no tendría por qué serlo. Más que triste, siempre he sido una gente tímida, lo fui en mi niñez, lo fui en mi adolescencia. Pero esa timidez me permitió también ser muy observador, me ayudó a recibir muchísimas cosas, poder observarlas sin necesidad de otras acciones. Realmente no me considero un hombre triste, quizás pueda dar esa impresión, pero sí me considero mirándome por dentro como un hombre melancólico. Para mí la melancolía no es un sentimiento negativo, al contrario, es positivo porque es justamente la melancolía lo que permite una cierta serenidad, una cierta armonía para poder apreciar, digamos, la complejidad de la vida. Creo que no soy complejo, compleja es la vida, y relacionarse con esa complejidad tiene que ser a través, no de una vía complicada, sino a través de una vía lo más natural, lo más armónica posible. Es lo que trato de mantener en mi vida cotidiana. Siempre utilizo una cita del epitafio que Freud pidió que estuviera en su tumba: “Soy un hombre feliz, nada en la vida me fue fácil”. Es cierto que la vida te plantea muchas complejidades, pero justamente esa complejidad, esa dificultad, esa lucha por lograr determinadas cosas es lo que determina que uno pueda realizarse también, logrando o no los objetivos que uno se plantea. Tener esa ilusión, esa posibilidad de aspirar a algo, de crear algo, de ser algo, te permite, si no ser feliz permanentemente, sentir que esas son manifestaciones, expresiones de la felicidad.

De todas las pruebas de casting que ha hecho hasta ahora para la selección de sus actores, ¿cuál ha sido para usted la más difícil y por qué?

No podría decirte. Todos los casting siempre son muy difíciles, porque en cada película que he hecho siempre ha habido un personaje que he escrito imaginándome una figura abstracta. Después he tenido que encontrarle la realidad, y ahí es donde esa dificultad te crea una inquietud, que a mí me gusta muchísimo saber, o comprobar si en la realidad existe eso que imaginé cuando estaba escribiendo el guión. Te pongo un ejemplo. En La vida es silbar, el personaje de la bailarina de ballet. Yo decía que iba a ser muy difícil encontrar una actriz que bailara ballet o una bailarina que actuara. No la tenía, no la conocía. Tenía que buscarla en la realidad. Este personaje de Mariana no era como otros personajes que uno, desde que lo está escribiendo, ya sabe cuál es el autor que cuadra muy bien para este tipo de personaje. También, por supuesto, ocurría en Martí, ¿Quién sería el niño que interpretaría el Martí? ¿El joven que interpretaría el Martí? Tenía que buscar rostros nuevos. Me ocurrió también en Hello Hemingway con el personaje de Lalita. ¿Quién sería esa muchachita de quince años que tuviera esas características que se necesitan?

Es decir, cada película me ha planteado a mí personajes que he tenido que buscar en la realidad sin saber a ciencia cierta si existían o no, pero si yo tuviera que elegir dentro de los procesos de la realización de una película, hay dos procesos o tres que a mí me gustarían muchísimo: el del casting, el de la dirección de actores y el de la edición, son los momentos que yo más disfruto. Federico Fellini planteaba que podía estar haciendo casting eternamente. Es un proceso en que uno va conociendo distintas personas, distintos aspirantes, uno comienza a establecer relaciones, diálogos de conocimientos que descubren y te enriquecen en el sentido del intercambio de emociones, etc. Realmente en cada película le doy mucha importancia al proceso de selección del reparto. Le dedico un tiempo bastante largo porque también estoy conciente de que si uno comete un error en la selección de un actor, después ese error es irreparable, es en este proceso cuando uno debe aceptar o no. Un misscasting, como dicen en inglés, que no es más que el resultado que luego uno no puede resolver. Me ha ocurrido alguna vez, pero ya te digo, es uno de los momentos de realización de una película que más disfruto.

Yo digo que siempre he hecho el cine que he querido, es decir, no me he visto, y espero no verme nunca, haciendo una película por otra razón que no sea una motivación personal. Siempre me he planteado por qué hago cine y sé que no hago cine por ganar dinero en el sentido de que sea una película rentable en taquilla. Si hago cine es para tratar de comunicarme con los demás. Entonces, para hacer una película primero tengo que identificarme mucho con lo que quiero decir. Y me cuestiono siempre: ¿por qué hago una película? Si esa identificación, si esa motivación, si esa hélice impulsora no existe, prefiero no hacerla. Me han planteado a veces determinados proyectos que podrían ser muy cómodos y rentables para mí, y si siento que no me interesan, los rechazo, y siempre que pueda trataré de hacerlo, porque para mí el cine tiene solamente un sentido: saber que en cada película hay un pedazo de mí, de mi pensamiento, de lo que necesito comunicar a través del lenguaje cinematográfico, a través de las imágenes, sobre todo al espectador cubano. Eso es lo que hasta ahora he podido mantener y será siempre mi aspiración.

¿Qué significó Santiago Álvarez en su vida?

Siempre he dicho que Santiago ha sido mi padre cinematográfico. Pero no padre en el sentido solamente profesional, sino en el sentido humano. Santiago fue un cineasta muy comprometido y humano, muy sencillo, muy espontáneo, muy natural, muy orgánico en todas sus expresiones y sus manifestaciones, y siendo un hombre comprometido con la revolución, ese compromiso no lo llevó a tener un pensamiento estrecho, al contrario, siempre mantuvo un pensamiento abierto contra toda expresión dogmática, contra toda expresión burocrática, contra toda expresión cristalizadora o reductora de la realidad. De hecho, te había dicho al principio que yo no estudié cine, me formé en la práctica, y si tuve una escuela, fue el noticiero ICAIC Latinoamericano, en el período del 1978 al 1982, fueron cuatro años, y realmente el noticiero fue como un taller de creación. El director general era Santiago. Éramos tres realizadores; Daniel Díaz Torres, Rolando Díaz y yo. Junto con un grupo de jóvenes, camarógrafos, editores, sonidistas. Allí estaban Raúl Pérez Uretra, Daniel D., Jorge Abello, y otros. Todos con deseos de expresarnos, de hacer cine, de fotografiar cine, de editar cine, y el noticiero, gracias a ese pensamiento abierto de Santiago, permitió llevar a la práctica muchas de nuestras ideas y de nuestras ilusiones. Santiago nunca nos retiró el apoyo, Incluso, fue un período en que comenzamos a hacer noticieros críticos. No me gusta esa palabra, pero sí noticieros que complejizaban nuestras realidades y las devolvían al público un diálogo de reflexión muy positivo señalando problemas de nuestra realidad cotidiana. Cuando determinados funcionarios, determinadas instituciones reaccionaban de una manera indignada, totalmente incomprensiva contra lo que estábamos haciendo, Santiago nunca nos retiró el apoyo, Santiago siempre estuvo de nuestra parte, siempre defendió esa posición de reflejar y expresar en el Noticiero los problemas de nuestra realidad. No le fue fácil, pero realmente es algo que siempre va conmigo. Por eso digo que es un padre, por su apertura de pensamiento, por su sencillez y sus maneras de llegar a nosotros.

 

(Continuará)