Por: Zurelys López Amaya

Conversación con Fernando Pérez

¿Considera que existe libertad a la hora de expresarse en el cine cubano?

Pienso que sí, no dudo en afirmarlo. Pero ese tema no está libre de contradicciones, porque toda realidad tiene sus contradicciones y yo estoy hablando del cine del ICAIC. Desde su fundación, el ICAIC ha sido una institución, junto con la Casa de las Américas, junto con el Ballet Nacional, junto con la Oficina del Historiador de la Habana, Eusebio Leal, que han defendido y que han promovido, sosteniendo la idea y el proyecto de una creación artística revolucionaria, y revolucionaria en el sentido de la apertura, de nunca tener una mirada rectora de nuestra realidad, sino todo lo contrario, de complejizarla, porque ése es el sentido del arte. En la vida hay muchos discursos y muchas maneras de ver la realidad, pero la del arte es justamente la mirada complejizadora, porque a partir de ese principio, la expresión artística puede dinamizar el pensamiento, puede enriquecer el espíritu y puede descubrir aspectos de la realidad que otros discursos no lo expresan, ni tienen por qué expresarlo. En el ICAIC eso siempre ha sido una divisa, no libre de contradicciones, porque la realidad siempre es compleja y ha habido momentos en que determinadas películas, determinadas posiciones estéticas y culturales del ICAIC no han sido comprendidas, han provocado discusiones, actitudes de censura. Una de las más criticadas fue el momento en que se realizó la película Alicia en el pueblo de las maravillas, de Daniel Díaz Torres, que provocó un cisma muy mal llevado, muy mal enfrentado por determinadas autoridades, y por supuesto, todo eso ha estado como expresión de las contradicciones de nuestra sociedad. Pero en el caso de nosotros como creadores, como cineastas del ICAIC, hemos tenido y hemos aspirado siempre a expresarnos con la libertad que el cine revolucionario merece.

Su filme Martí, el ojo del canario es realmente un éxito en la historia del cine en Cuba. ¿Logró lo que esperaba? ¿Qué significa José Martí para usted?

No podría definir en palabras lo que significa Martí para mí, quizás quien mejor lo definió fue José Lezama Lima, cuando dijo que “es un misterio que nos acompaña”. Martí es un universo, un bosque frondoso inagotable, pero si tuviera que definirlo en palabras, Martí para mí significa la libertad de pensamiento, el ejercicio del criterio propio y la mirada del poeta. Siempre me he preguntado por qué Martí trascendió a través de los tiempos, porque patriotas tenemos muchos en la historia, y patriotas muy importantes, pero por qué Martí. Pienso que porque Martí fue un poeta. Y esa mirada poética, esa dimensión de espiritualidad que Martí siempre le dio a todas las cosas es lo que ha hecho que tenga esa significación para todos los cubanos. La película hasta hoy me ha reportado muchísimas emociones, tengo que decirlo. Más que satisfacciones. Satisfecho no, nunca trato de decir que estoy satisfecho con todo lo que hago, porque cuando uno se queda siempre con lo que sabe, con lo que ha hecho, puede quedarse en la medianía, puede entrar en un mecanismo de rutina y siempre uno tiene que aspirar a más.

¿Qué significado tiene para usted la palabra isla? ¿Qué es para usted vivir en una isla?

Vivir en una isla es el mar. Querer el mar como una presencia necesaria. Incluso, a mí me ocurrió una vez, y quizás fue el momento en que me sentí como un verdadero ser, y me dije: yo vivo en una isla y necesito el mar, pero me ocurrió incluso, dentro de la isla. Una vez, cuando estuve en Villa Clara, en una actividad cinematográfica, la ciudad me encantó, me sentía muy bien, estaba todo perfecto. Recuerdo que sentía que me faltaba algo, no sabía con exactitud qué era, pero algo me faltaba. Y de pronto, tuvimos que salir antes de lo previsto, porque se acercaba un ciclón e iban a evacuar a todo el mundo. Luego, nos montaron en una guagua y nos trajeron para La Habana. En todo el trayecto venía pensando en eso ¿Qué me pasó? ¿Qué era lo que me faltaba? Y cuando íbamos por Matanzas y comenzamos a ver el mar que estaba muy proceloso, con mucho oleaje, sentí que era eso lo que explicaba la ausencia de algo tan importante para mí. Claro, me faltaba el mar. Incluso, el mar casi nunca falta en mis películas. Creo que en la mayoría de ellas hay una imagen de los personajes frente al mar, y es porque vivo en una isla.

¿Existen límites que no haya superado? ¿Cuán necesario es viajar para un artista?

Viajar es conocer, viajar es abrirse a un universo, viajar es tener conciencia de que los confines de una isla no son el mundo, viajar es conocer la diversidad y entender que hay otras realidades. Viajar es un enriquecimiento. Por eso echo de menos que muchos jóvenes hoy en Cuba no tengan la posibilidad, por restricciones internas y externas, de conocer el mundo. Hoy se habla mucho de la globalización, que es cierto que se establece a través de avances tecnológicos, con la fibra óptica, el Internet y otras cosas. Pero aspiro a una globalización mucho más real y más profunda, que sería para mí la globalización de un mundo sin fronteras, porque aunque hay matices y diferencias de idiosincrasia y de costumbres, el ser humano es igual en todas partes, y la necesidad de comunicación no tiene fronteras. A mí me ocurrió. Estuve en el primer festival de cine en el desierto del Sahara, en un campamento saharauí. Recuerdo que un grupo de cineastas españoles en solidaridad con este pueblo nómada que había sido expulsado de su territorio y viviendo en pleno desierto en campamentos, organizaron este festival para llevar la cultura cinematográfica a estos lugares, y me invitaron con la película Suite Habana, recuerdo que fue muy impactante cuando llegué allí, en pleno desierto. Allí compartimos, en las carpas donde viven, proyectando las películas en proyectores portátiles de pantallas mínimas, donde la mitad de la película se perdía en el desierto, pero todos iban allí a cualquier hora de la noche y de la madrugada a ver las películas que les traían. Sentí que no había fronteras culturales. Recuerdo que estaba con el actor Jorge Perugorría, tan conocido por Fresa y chocolate, y de pronto se nos acercaban muchos saharaui, todos cubiertos con velos, y le hablaban en un cubano perfecto, algo impresionante porque más del setenta y cinco por ciento de ellos habían estudiado en Cuba, desde que eran niños, y habían hecho su educación primaria, su secundaria, su preuniversitario y su carrera universitaria aquí. Muchos eran ingenieros. Había uno graduado hasta de Literatura Hispanoamericana, y estaban sin poder hacer nada, pero con un sentimiento hacia Cuba dentro de ellos, es decir, allí no había fronteras culturales, allí lo que había era una comunicación muy definitoria de que solamente a través de la cultura es que los pueblos nos podemos comunicar. Por eso es que conocer el mundo, y otras realidades, y viajar es tan importante. No puede estar restringido, no puede estar limitado.

Háblenos un poco de su película Suite  Habana.

Suite  Habana, fue una película para mí muy peculiar, porque realmente en el momento en que me proponen hacerla no tenía en mente hacer un documental, porque a mí lo que más me interesa es la ficción. Y cuando me lo proponen supe que quería hacerlo, y a partir de ese momento decidí que sí. Como camino mucho por la Habana, sentí que debía reflejar esa Habana que no está ni en los medios de difusión cubanos, ni fuera de Cuba tampoco, que es esa Habana cotidiana, esa Habana que es la más representativa porque es la más popular, y que los medios no reproducen y tenía el sentimiento, la impresión de que si yo quería dar un documental sobre la Habana tenía que ser a través de los habaneros, de los rostros de esos habaneros que viven su vida cotidiana, y que no es la más conocida de todos. Creo que le debo a la confianza que los personajes que aparecen en la película depositaron en nosotros, y nosotros en ellos. Ese es el resultado final. Ellos nunca preguntaron. Sabían que era un documental sobre sus vidas, pero nunca nos preguntaron cómo los íbamos a mostrar, cómo los íbamos a hacer. Confiaron en nosotros, y nosotros en ellos. Quizás, ese sentimiento es el que ha alcanzado ese grado de comunicación con la mayoría de los espectadores, tanto en Cuba como fuera de Cuba. Es una película que quiero muchísimo, que desbordó y sobrepasó mis expectativas, porque yo pensé que un documental sin entrevistas, sin diálogo, reflejando acciones dramatizadas de vida cotidiana no iba a movilizar a un público. Pero no, eso ocurrió, y realmente siento que hoy en día hay muchos espectadores cubanos que agradecen  esa película.

¿Tiene algún proyecto nuevo que podamos conocer en estos momentos?

Tengo varios y hoy mismo me acaba de entrar otro. Estoy en ese proceso en que debo definir. Ya tengo seleccionados cuatro, y ahora me voy a leer el quinto. La realización no depende de mí, o sea, depende del financiamiento. Lo que sí tengo muy claro es que cualquiera de estos proyectos trataré de hacerlos de una manera independiente, porque ése es un fenómeno, definiendo al audiovisual cubano en este momento, que parte de la experiencia de los jóvenes, y es como un río que avanza con mucho dinamismo. No quiero perderme eso, quiero participar, quiero lanzarme a esas aguas a ver qué pasa, y es lo que te quería decir de esos cuatro proyectos, no en cuanto a temas, pero sí en cuanto a modalidad de producción.

¿Qué consejos puede darnos como cineasta, humano y soñador?

Ninguno. No me gustan los consejos. Siempre que voy a dar uno me siento viejo y autoritario. Recuerdo que en mi vida me han dado muchos consejos y casi nunca los he seguido. Uno tiene que encontrar dentro de sí mismo su propia verdad. La única experiencia que puede trasmitir es que uno siempre tiene que escucharse así mismo y ejercer su criterio propio. Esa es mi verdad.

 

(Fin)