Por: Jorge Enrique Lage

En un capítulo de la teleserie 30 Rock un hombre ha quedado inconsciente sobre un sofá. Acude el disparatado doctor Spaceman, quien dictamina una especie de coma. Alguien le pregunta si no puede clavarle una jeringuilla en el corazón e inyectarle algo que lo reviva (así en Pulp Fiction y muchas otras películas). “Lo haría”, responde el doctor Spaceman, “pero es que no hay manera de saber dónde tiene el corazón… Verán, cada ser humano es diferente”.

Hoy, en Cuba, ¿hay escritores realmente diferentes? Hablo de esa diferencia que imprime en relatos y novelas un rastro difícil de leer, una búsqueda misteriosa y desesperada que en ocasiones puede cristalizar en un solo gesto, en un acto inevitablemente suicida.

Todo esto es para decir que en uno de los últimos números de la revista Unión (73, 2011) puede leerse una breve pero interesante entrevista a Xiomara Palacio, la viuda de Miguel Collazo.

“Entró en una depresión que ya era irreversible” —nos cuenta ella—. “Ya él había hecho otros intentos de suicidio, tenía una obsesión constante con la muerte. Ese día estábamos en la cama, de madrugada, y oigo que me dice: ‘Me enterré una aguja en el corazón’. Corrimos hacia el hospital, y casi no podía creerlo porque él hablaba con los médicos como si nada, y los médicos azorados, hasta que le hicieron una placa… Allí se veía claramente la aguja, una de aquellas agujas que su mamá usaba para coser colchones, una aguja grande y afilada.”

Xiomara recuerda también al Collazo alcoholizado de los últimos tiempos, el escritor de manos temblorosas que ya no podían teclear. Collazo dictándole a una grabadora fragmentos de el que sería su último libro: Trastiendas, publicado en el 2000, un año después de su muerte.

La Habana de esta novela es una ciudad fantasmagórica suspendida entre el cielo y el infierno, un escombrero extrañamente iluminado en donde florecen el pillaje y el delirio etílico. Los personajes hablan todo el tiempo, y sus conversaciones alcanzan niveles psiquiátricos.

“Pero importa aclarar que no se trata de esos locos mendigos, indigentes” —leemos en Trastiendas—. “Nadie está hablando de ese tipo de locos. Es la locura generalizada, la gente loca por un no se sabe qué, o por esto y aquello. Es, sinceramente, una locura compulsiva, una locura vital, una locura superactiva que los hace moverse, estar en un tráfico extraño, un afán, una desmesura, en un vamos a ver, en un ahora, un después, un no se sabe qué recarajo monotemático.”

Si la locura es una moneda de dos caras —el Caballero de París, en quien Reinaldo Arenas vio la caricatura de Alejo Carpentier, era en realidad un personaje de Miguel Collazo—, una moneda que se desliza por las barras de las cantinas y tintinea en el fondo de los vasos, la otra cara de esa moneda es, por supuesto, la depresión.

La literatura cubana, como cualquier otra, ha mostrado siempre esas tendencias depresivas que apuntan hacia la muerte: la fórmula conservadora, la escritura pasteurizada, el producto. (Hoy, al menos en narrativa, parece que semejante depresión es la literatura cubana.) La ficción como un cuerpo inconsciente: sobredosis de comodidad, el coma.

Afortunadamente estaba Collazo (que no era el único, pero era el mejor). Allí donde comenzaba a instalarse la depresión, el orden, la jerarquía, la moda, donde la mayoría empezaba a rendirse y hacer concesiones, él estaba ahí para clavar una aguja. Para inyectar una sustancia diferente cada vez. Fantasía, compulsión, tráfico, desmesura, algo. Lo importante es el pinchazo.

El gesto final del suicida habilita así otras lecturas. Es acaso el último signo de lucha. Un intento de revivir, de reiniciarse. Un mensaje en medio de la oscuridad. La aguja es el instante a partir del cual la literatura puede hacerse posible otra vez.

Recorriendo hacia atrás, libro a libro, la extraña obra que culmina con Trastiendas, llegaremos a El libro fantástico de Oaj. Salir a la palestra en los 60 con una parodia de ciencia-ficción era como empezar a escribir en Cuba desde una suerte de no-lugar. (Virgilio Piñera, en una revista completamente diferente que también se llamaba Unión —julio/septiembre 1966—, publica una aturdida reseña en la que destaca, sin embargo, las “motivaciones extraterrestres” del autor.) Hay que volver ahí.

En “Un muerto raro”, uno de los cuentos o capítulos que componen El libro fantástico de Oaj, hay un forense que examina un cadáver. A través de los ojos de su personaje, tal vez el joven Miguel Collazo ya se estaba examinando a sí mismo:

“Encendió el tabaco y se quedó reflexionando, mirando de soslayo el cuerpo liso que reposaba desnudo sobre la mesa metálica. Y mientras más pensaba, más se convencía de que el corazón, y todos los órganos del muerto, eran muy raros. Exactamente de qué forma eran raros, no sabría decirlo.”