La otra ceguera
| 28 febrero, 2012 | Posted by Yusimí Rodríguez under Sociedad |
Por: Yusimí Rodríguez
Voy a contar una historia de amor que puede resultar un poco cursi, pero que me encantaría haber escrito. La historia de un hombre que provoca un accidente en el que muere su esposa, lo que sería suficiente tragedia para una historia de amor. Pero en el accidente pierden la vida otras seis personas.
¿Cómo se vive tras la pérdida de un ser querido? ¿Cómo se vive con el peso de siete muertes en la conciencia? Intentando salvar otras siete vidas. Ese es el propósito del protagonista de esta historia. Repartirá sus bienes y sus órganos a siete personas. No se tratará sencillamente de siete personas que lo necesiten, sino de siete que lo merezcan. ¿Quién decide esto? A falta de Dios, él mismo. Tejido pulmonar, hígado, riñón, córneas, médula ósea, su propia casa (vivirá en un cuarto alquilado hasta el momento del último paso): donar su corazón. Hasta aquí no hay problemas. No le interesa vivir después de haber perdido, por su propia culpa, a la mujer que amaba.
Como he dicho, debe decidir quiénes, entre varios candidatos, recibirán sus órganos. Para eso necesita conocerlos, ponerlos a prueba sin hacerles saber nunca que es su posible donante. ¿Qué sucede? Unos segundos para que adivinen… A estas alturas, con tanto entrenamiento producido en Hollywood, no debe ser difícil. Nuestro héroe se enamora de la mujer que necesita su corazón.
Perdón, había olvidado aclarar que hablaba de la película Seven pounds, exhibida en Cuba bajo el título Siete almas. Por cierto, ¿mencioné el color de la piel del protagonista?
Si usted ahora me pregunta qué tiene que ver el color de la piel en esa historia, me veré obligada a responderle: absolutamente nada. Y de eso se trata precisamente. El protagonista de esta película es Will Smith. Un actor negro, en una película que no tiene nada que ver con racismo, en la que no está interpretando a un personaje real que es negro. No se trata del socio negro del héroe blanco, del negro que garantiza que el filme sea políticamente correcto. Es simplemente un actor negro en una película en la que no hacía falta un actor negro. ¿Por qué?
Durante años, he tenido en la mente una escena bestial de una película bestial: Tiempo de matar (ignoro el título en inglés), y para contar esta historia era preciso que el actor, aparte de ser bestial, fuese negro: Samuel Lee Jackson.
La historia: dos hombres blancos violan a la hija pequeña del personaje interpretado por Jackson (no recuerdo el nombre). Los cogen presos, pero como la justicia es sorda, muda y ciega, es comprensible que se enrede en el camino, sobre todo si estamos en el sur de los Estados Unidos. Los perpetradores son dos hombres blancos y la víctima una niña negra. El padre decide tomar un atajo: cose a los violadores a balazos. Y como la justicia es sorda, muda y ciega, y estamos hablando del sur de los Estados Unidos, le toca ser juzgado por asesinato en primer grado. El un jurado está compuesto por personas blancas. Su abogado, también blanco, no encuentra una defensa eficaz para salvarlo de la pena de muerte.
La escena: Alegato final de la defensa. El abogado relata a los miembros del jurado la historia de una niña que va a comprar unos huevos que le encargó su madre, y que en el camino de regreso dos hombres la violan repetidamente, y la golpean, orinan sobre ella. La niña sobrevivió a esta salvajada y tal vez la olvide; tal vez quede solo como una pesadilla de la que logrará despertar cada mañana. Pero al despertar, cada mañana le faltará la visión de un ojo, nunca será capaz de tener hijos. El abogado deja que todos los detalles morbosos (y monstruosos) calen en la mente del jurado, y entonces deja caer la frase lapidaria de la película: “Ahora imagínense que es blanca”.
Porque de eso se trata. No de un negro que acribilló a unos blancos que violaron a su negrita, sino de un padre al que cegó la rabia contra dos hombres que violaron a su hija.
No se trata de un negro que provocó un accidente en que murió su negra y otros seis, sino de un hombre que ha tenido que vivir con el dolor de la pérdida y el peso de su conciencia, de un hombre que vuelve a enamorarse cuando cree que no merece estar vivo ni tiene motivos para estarlo.
¿Por qué Will Smith es el protagonista? Porque es un tronco de actor, que casualmente, es también un hombre negro.
Por cierto, y sin que venga al caso, el director de la película, es un hombre blanco.
También sin que venga al caso, deseo referirme a un texto que apareció en la revista digital Esquife, hace seis años. Su título es “Nuestra ceguera blanca” y ahora aparece al menos en dos blogs y no sé cuántos sitios de Internet; una revista y dos antologías impresas. Es casi un riesgo intentar cogerle las costuras a un texto tan elogiado. Voy a correr ese riesgo.
A propósito, soy la autora de “Nuestra ceguera blanca”.
Uno debe preocuparse cuando escribe algo y enseguida aparece gente que la felicita y le da palmaditas en la espalda. Uno debe alegrarse, es humano alegrarse, pero uno debe también preocuparse al menos un poquito y releer lo que escribió.
Ahora quisiera que al menos una lectora o lector de ese texto me hubiese preguntado con qué derecho cuestiono que una mujer negra se desrice su pelo, sobre todo si lo hace con su dinero. Quién soy para decirle a alguien cómo debe asumir su negritud. Quién soy para decirle que debe asumir su negritud. ¿Llevar el pelo crudo, sin desrizar, es sinónimo de ética, honestidad? En algún momento el afro y los dreadlocks fueron símbolos de orgullo de la raza negra. Para muchas personas aún lo son. La forma de llevar el pelo puede tener un contenido muy político o responder a una simple moda. Pero si algo me ha demostrado el paso de los últimos meses, es que la forma de llevar el pelo tiene muy poco que ver con la ética y la honestidad. Incluso con el talento la ética y la honestidad tienen muy poco que ver.
En otro momento de “Nuestra ceguera blanca” hablé de mi corta experiencia como modelo. Insinué que la cortedad de mi carrera se debió al hecho de ser negra. No lo dije directamente, no habría sido tan efectivo. Ni verídico, nadie me dijo nunca que tenía que abandonar La Maisón por ser negra. Lo que escribí: que prescindieron de mis servicios por ser demasiado bajita, y que otras muchachas de mi estatura permanecieron en La Maisón y eran blancas es cierto. Pero la relación entre esos hechos no pasa de ser una suposición que podría ser cierta o no. Nunca lo vamos a saber. Lo cierto es que si iba a referirme a mi etapa como modelo, también pude haber mencionado que varias personas (incluso alguien de piel blanca) trataron de hacerme regresar al mundo de la moda. ¿Por qué no lo hice? Me faltó valor para luchar por mi sueño. O no era mi sueño. Otras modelos negras de este país alcanzaron el éxito (tanto éxito como le es posible alcanzar a una modelo en este país). Si enfrentaron manifestaciones de racismo, solo podrán decirlo ellas. No lo dudo. Pero eso no les impidió llegar a donde querían.
A veces tengo la impresión de que las personas negras solo somos capaces de hablar de la cuestión racial, del racismo. O de que solo nos creen capaces de hablar de la cuestión racial. O de que estamos obligadas a hablar de la cuestión racial. ¿Cómo es posible que haya publicado tres textos de no ficción y los tres tengan que ver con la cuestión racial? ¿Cómo es posible que la única vez que alguien me ha pedido que escriba un texto para una publicación me haya pedido que escribiera un texto sobre el cabello de las personas negras, o sea, en el fondo, la cuestión racial, y que mi primer texto para el sitio digital Havanatimes fuera un texto sobre racismo, y que ahora esté escribiendo sobre lo mismo?
Somos víctimas de otra ceguera, una ceguera que a veces nos impide ver otra cosa que el racismo, que nos confina a un tema, que nos impulsa a la catarsis. Lo peor: esa catarsis es humana y casi inevitable. Incluso necesaria.
Durante demasiado tiempo hemos padecido un gobierno-partido que alardeaba de haber eliminado el racismo y no estaba dispuesto a admitir su fracaso en este campo (como en otros tantos). Durante demasiado tiempo hemos tenido que escuchar que los negros estábamos en deuda con la historia —y muchos lo creen, por su ignorancia, nuestra ignorancia—. Durante demasiado tiempo hemos padecido una profunda ignorancia de la historia. Durante demasiado tiempo hemos esperado que los medios oficiales, voceros del gobierno-partido, considerasen oportuno el tratamiento del tema. Demasiado tiempo hemos esperado la oportunidad de sentarnos ante la pantalla grande (o la chica, no exigimos tanto) a ver actores y actrices negras interpretando no a negros o a negras, sino a seres humanos.
Durante demasiado tiempo estuvimos esperando que llegara el año de los afro-descendientes —que por cierto llegó, y como todos los años de nuestras vidas, pasó. ¿Qué nos dejó?
Hora de detenerme y respirar. Estoy haciendo catarsis.
No han quedado muchas otras alternativas. No seré quien diga cuándo dejar de hacer catarsis, solo puedo intentar detener la mía. Me aterra la posibilidad de regodearme en el papel de víctima, de no querer ser otra cosa que víctima, de limitarme y permitir que me limiten a hablar de la cuestión racial.
Cuidado (y sé que esta idea podría traerme enemigos si no los tengo ya) con regocijarnos con la presencia de más personas negras en el Buró Político del único partido que existe en el país. El poder sigue siendo el mismo. Sobre todo, cuidado con pensar que el mundo sería mejor si hubiese más personas negras en posiciones de poder. Quisiera yo que fuese tan simple, solo que el mundo es más complejo. Los seres humanos somos muy complejos. Si una verdad me ha golpeado la cara en los últimos años, con más fuerza en los últimos meses, es que el color de la piel no es un mérito. Ser hombre o ser mujer no constituye, en sí mismo, un mérito. Dicho esto, no espero los halagos y las palmaditas en la espalda que recibí por “Nuestra ceguera blanca”. Una debe decir lo que piensa, aunque se quede sola, sin que eso duela demasiado. Una debe decir lo que piensa aunque se quede sola y le duela demasiado.
Si a estas alturas del texto alguien me lee, quisiera volver a hablar de amor, de tragedias humanas que nos afectan tanto a blancos como a negros. Hace un año, o poco más, vi la película Cosas que perdimos en el fuego, protagonizada por Hale Berrie, Benicio del Toro y David Duchovni. Cuando arranca el filme, Hale es la esposa de Duchovni y tienen dos hijos. Una pareja interracial con hijos en los Estados Unidos. Una historia que promete, excepto que ese no es el tema de la película. De eso no se habla en la película. Se habla de amor, de amistad, de adicción. Benicio del Toro, mejor amigo de Duchovni, es un adicto a las drogas. Duchovni es el sostén de su esposa y de su amigo. Duchovni quiere ser el sostén del mundo. Interviene en una pelea matrimonial, o más bien en una golpiza matrimonial que un tipo propinaba a su pareja. Termina recibiendo un tiro. Es la historia: una mujer que queda sola con sus dos hijos, un drogadicto que pierde a su mejor amigo. Dos personas que intentan sobreponerse a la pérdida y seguir adelante. Dos personas que intentan ayudarse a vivir. Dos personas que sufren el dolor de la existencia, un dolor que nos parte a todos, negros y blancos. Nadie escapa.
No cuento el final, solo un detalle curioso que me aportó una amiga súper cinéfila. Se había pensado en una actriz blanca para el personaje femenino. ¿Y por qué no? Esta no es una película sobre la esclavitud en los Estados Unidos o sobre la discriminación racial posterior a la esclavitud en los Estados Unidos. Hale Berrie tuvo la oportunidad de leer el guión y decidió que el personaje era para ella. ¿Por qué no? Esta es una historia de amor, amistad, pérdida. Lo que se requería para contarla era una buena actriz, una tremenda actriz. Hale Berrie lo es.


Decía mi tutor, Cortázar que un amigo le comentó que un cuento, una historia corta ha de ganarse como en el boxeo, es decir, por Knockout, y bueno, vale añadir que la novela por puntos. Pero no es de la novela que deseo platicar, tampoco sobre guantes llenos con pelos de caballo y sudor de músculos sobre el grito de un par de doláres americanos, o sobre el grito underground de un par de doláres cubanos (cuc) en cualquier barrio marginal de esta Habana delirante. No es de eso que quiero hablar. Pero si me interesa platicar a través del simil que me provoca Literatura – Periodismo, más bien, cuento – que sin palmaditas en el hombro, sin felicitaciones de cumplido, la verdad hay que decirla, pues, al César lo que es de él, en este caso, a Cleopatra, lo que es de ella. Y este es un ejemplo de como un buen artículo periodístico, bien contado, con las pablabras necesarias, con el ardid insistente del buen Bartleby y sobre todo con el empuje y el hecho de que el autor poco le importa que es lo que piensen o dejen de pensar; valentía, y vale decir, buen gusto, en fin, que me estoy dilatando, asi es como se hace, asi es como se logra un buen artículo, sin miramientos, sin romanticismo, sin lágrimas dulces, sin egos idiotas que preconicen geografías con pseudo clases. Es este el periodismo que hace falta en la Habana, escrito como con la apuesta de un solo golpe. 1,2,3,4,5,6,7,8,9,10, Knockout.
¿De qué habla este señor Oliveira, discípulo de Cortázar según se autoproclama? Ah, cuánta palabrería insulsa, cuánta vanidad de la bien vana… Oiga, Oliveira, mire, el artículo de esta joven, creo que debe ser joven, Yusimí, es decir You See Me, o mejor, UCMe, es malo, malito, de lo peorcito.
Oliveira, ¿dónde estudió usted periodismo? ¿En qué universidad? ¿En la misma donde estudió UCMe?
Termino con una recomendación a la articulista: Oiga, olvídese del color de la piel, de los pelos y las pasas. En este país hay cosas mucho más importantes de las cuales preocuparse. ¿Es usted afrodescendiente? Pues sepa que yo también, ¿qué me cuenta?
Pero ni en su caso ni en el mío nuestra afrodescendencia juega papel alguno. ¿Se entera? Su rabia, sí, su RABIA, le entra por otra mordida de otro perro que no es precisamente un perro racista… Se le nota, vaya.
Recompóngase, You See Me, I See You… Somebody is watching us, you and me…!!!
MUY BIEN. No solo esta página muchas páginas debieran iluminarse más a menudo con tu firma.
Estimado camarada, Pancho Villa, ah, lo siento, Pancho Garrancho, que interesante tu opinión, ¿sabés tenés razón lo que decís? Mejor preocuparse por otros asuntitos, ¿verdad? cómo por ejemplo, el mostrarnos que sos un muchacho dotado de varias lenguas y de pensamiento, como diría, Desiderio Navarro, postmodernista, que bien, que bien, te felicito por el idioma, pibe políglota, seguro que lo sos, felicidades che, contame que problemas serían los que vos propondrías, ah ya sé, imagino que la reconquista de los ingleses en la Habana. Pues que bien, ¿no? que bien, así, fijate, no habríamos ni leído el artículo de la escritora, menos lo hubiera escrito, y vos seguro, andarías estudiando Quechuac o Cantones.
Ah, camarada, Panchito, ¿sabías que el más del 80 por ciento de tus dirigentes en tu país son de piel blanca? porqué será, bueno a vos no te importa eso, imagino.
Ah, y yo, no tengo color, ¿sabés? no tengo raza, vos si, ya veo.