Tourette & escritura
| 26 abril, 2012 | Posted by Jorge E. Lage under Literatura |
Por: Jorge Enrique Lage
En una entrevista reciente, contaba Cristina Rivera Garza:
Hace poco asistí a un panel donde algunos escritores de mi generación hablaban de sus preferencias. Casi todos opinaban que para ellos era muy importante que no se les notara “la costura” —es la metáfora que usan—, que no se notara el esfuerzo, lo cual es otra manera de decir que no se note la escritura, creo yo. Y me puse a pensar en qué extraño era que un escritor quiera que no se note la escritura.
La actitud que señala la escritora mexicana está en la base de la fórmula best-seller internacional que todos conocemos, pero va más allá. En su admirable panfleto Literatura de izquierda, Damián Tabarovsky advierte que puede haber un modelo de best-seller más alto. Novelas “literarias” que no dejan de ser novelas “populistas anti-intelectuales en clave mediática”.
Algunas incorporan, de manera aséptica, varias de las técnicas que dieron forma a la revolución de la novela moderna. Otras releen de forma pueril el realismo del siglo pasado. Desde el punto de vista sociológico, todas reflejan el aumento del nivel de instrucción de las poblaciones. Ahora las clases medias bobas, los medios, las universidades, las editoriales, tienen a su disposición toda una serie de novelas “bien escritas”, “inteligentes”, con unas insípidas gotas de experimentación, sin que por eso dejen de ser “emocionantes”, “atrayentes” y “profundas”.
Tabarovsky incluye en esta categoría no sólo las novelas de exportación de sus coterráneos, esa “nueva literatura internacional argentina” que es el blanco de sus ráfagas, sino también a Kundera, Tabucchi, Saramago, Auster y “los nuevos novelones norteamericanos (como los de Franzen)”.
Entrando en materia, es probable que entre esos nuevos novelistas norteamericanos que Tabarovsky despacha sin miramientos esté Jonathan Lethem (Nueva York, 1964), quien junto a Franzen, Palahniuk y otros (el agujero negro de esa generación es David Foster Wallace), integró el último gran desembarco estadounidense al ámbito español vía Mondadori.
Lethem se convirtió en una celebridad mainstream tras el éxito de su quinto libro, la novela negra Huérfanos de Brooklyn (1999), galardonada con el National Book Critics Circle Award. Huérfanos de Brooklyn está narrada en primera persona por el detective Lionel Essrog, quien padece el Síndrome de Tourette. Este es el principal atractivo de la novela. Y al mismo tiempo su mayor debilidad.
Lionel Essrog es un personaje lleno de tics y compulsiones incontrolables. Todo un trastorno de gestos, voces, malas palabras (véase: coprolalia, palilalia, ecolalia, ecopraxia, etc.) Él mismo nos describe su condición como “un mar de lenguaje en el punto de ebullición”, y recurre a imágenes del cartoon y del cómic: aquellas explosiones en pleno rostro que le ponían al Pato Lucas el pico por detrás de la cabeza, algunas viñetas de la revista Mad repletas de estridencias, torsiones, deformidades…
…las cabezas se estiraban y encogían, los cirujanos quitaban narices y ponían cerebros y cosían manos cortadas, caían cajas de dinero y planchas metálicas que aplastaban hombres o los convertían en cajitas, los niños se tragaban percheros y cuerdas y adquirían la forma de lo que engullían.
Pudiéramos pensar que, al trabajar desde el punto de vista de su protagonista, Lethem va a llevar esa ebullición, esa explosividad, esos trazos descontrolados a su escritura. Pero no. La narración de Essrog es de lo más correcta, con los tics verbales convenientemente identificados y aislados en letras cursivas y con frases al estilo de “no puedo tener gatos porque mi comportamiento los vuelve locos.”
En cambio el lector, que es quien debiera volverse loco, permanece cómodamente echado en el sillón. Lethem narra esforzándose por ocultar las costuras del cerebro touréttico… a través de la voz de un touréttico. El freak toma distancia de sí mismo (como si hubiera una perspectiva exterior, como si el Tourette no fuera de por sí un lenguaje propio, una forma autónoma de experimentar el mundo) y cuenta su historia con predecible normalidad.
Según Damián Tabarovsky en Literatura de izquierda, “la asunción de lo razonable como única posibilidad literaria”, impide alcanzar una experiencia de lo sublime. La experiencia, digamos, que Jonathan Lethem pudo habernos ofrecido con Huérfanos de Brooklyn si en lugar de describir síntomas, los hubiera mostrado tourettizando la propia escritura; si se hubiera planteado la escritura como síndrome (a fin de cuentas lo que es) y no como curación.
Ya no un sublime religioso, herencia de un romanticismo mal entendido, sino ese sublime bajo, reptante, mal escrito, que define a la literatura en su forma radical. Lo sublime, como señala Kant, produce “un sentimiento de inadecuación”. Es un desplazamiento, un movimiento, una dislocación, un quiebre en la cadena lingüística.
Claro, esto tiene un costo en legibilidad. El riesgo de volverse difícil de leer o ilegible. El escritor tiene dos caminos (en realidad, tiene muchos): asumir el riesgo y apostar, o ampararse en los buenos modales, dentro de los límites que establece el conocido principio de “respetar al lector”.
Termino esta lectura caprichosa de Lethem mano a mano con Tabarovsky:
¿Pero quién dijo que la literatura tiene alguna relación con el respeto? No falta mucho para que a la literatura se la llame Educación Cívica.


Este artículo no me parece interesante, dado que el tema lo es, sin embargo se me hace disperso en su discurso, el autor, creo, se apropio de varios laberintos los cuales luego me sobran, de inmediato me sobraron, si él desea hablarme de Lethem, hazlo y ya, en cuanto empecé a leer recordé que en una ocasión Cortázar dijo que la utilización del intertexto, excergos, citas manidas, no son más que alardes vacíos de los autores. Esto, me dio la siguiente impresión: el ensayo de un autor del pasado movimiento Dadá. Qué pena, pensaba disfrutarlo, solo espero que me haya ocurrido a mi solo.
Espero leer otro mejor.
Exactamente, te ocurre a solo a ti, porque los hilos que mueve Lage en su reseña son para hacerte llegar a una conclusión que no llegas.
Nada de dadaísta.