Por: Jorge Enrique Lage

Lo más parecido a una editorial independiente en la isla, el proyecto Torre de Letras, lanzaba hace un par de años la edición cubana de El viaje, de Sergio Pitol, con prólogo de José Manuel Prieto.

Para los que han seguido la interesante colección que dirige Reina María Rodríguez, el del escritor mexicano es uno entre varios títulos valiosos, publicados de forma artesanal, no comercial, en tiradas muy breves que circulan entre muy pocos lectores (los lectores siempre son pocos).

La noticia es que a principios de este año se hizo una reimpresión de El viaje, pero lo que en 2010 era un volumen cosido a mano, es hoy un libro de lomo y cubierta y tiraje industrial, que puede adquirirse en librerías habaneras. Y aunque probablemente se trata de un arreglo puntual, tal vez una gestión del propio autor, ver en un mismo estante el sello de Torre de Letras al lado del de Letras Cubanas no deja de ser una experiencia alentadora.

El viaje es diario novelado, crónica, cuaderno de apuntes literarios, exorcismo de una memoria eslavófila. Sergio Pitol relata el viaje que en 1986 emprendió desde Praga, donde residía en calidad de diplomático, a la URSS de la naciente perestroika, para presenciar el deshielo, el movimiento: “los primeros pasos de un dinosaurio largamente congelado”, escribe. “Era una consagración de la primavera, celebrada entre miles de obstáculos, de trampas, de rostros marcados por el odio.”

Dos momentos significativos marcan el libro. Dos comidas con escritores.

En Moscú, el presidente de la Asociación de Escritores Soviéticos, un tal Markov, invita a Pitol a almorzar. Otros cinco funcionarios se suman a la mesa.

“Fingí una inocencia absoluta”, cuenta el escritor mexicano, “los traté como si fueran agentes fundamentales del cambio y conpartieran con igual celo mi entusiasmo. Los felicité.” En toda Europa, les dice a sus anfitriones, “se festeja el valor de los soviéticos para dar un paso tan decidido hacia la apertura. Los checos me informaron de que esta Asociación ha jugado un papel notable en la transición.”

Todos están consternados. Pitol sigue hablando, pero ya se adivina la acogida que van a tener sus provocadoras palabras. Markov le hace saber que:

“El exterior había logrado introducir gérmenes de desenfreno, una nube de anarquía peligrosa para el país, pero falacias como ésas no prosperarían en ningún momento. Por supuesto, recalcó con énfasis, no defendemos lo anacrónico, la sociedad no lo permitiría; estamos al día, sabemos estarlo, pero a nuestra manera y no a la de otros que creen saber mejor que nosotros lo que necesitamos.”

Luego Pitol viaja a Tbilisi, capital de una república considerada plaza fuerte de la apertura democrática (una protoperestroika a nivel local estaba en marcha desde hacía años). Allí, en la Casa de los Escritores, convidado por la Unión de Escritores de Georgia, va a vivir una experiencia totalmente opuesta.

El banquete, pantagruélico, transcurre en un clima de festividad y relajación. Aquellos escritores, que todavía eran escritores soviéticos, más que agentes del cambio representaban el cambio mismo. Hacía muy poco habían estado comiendo con Bob Dylan. Exóticos, cosmopolitas, todo en ellos derribaba fronteras y tabúes.

Uno de la mesa, un viejo, le dice a Pitol (y no me resisto a citarlo en extenso):

“Pasternak fue un gran entusiasta de nuestros poetas, escribió sobre ellos y tradujo a los mejores. Los franceses se han basado en esas traducciones, las han publicado en Francia y en Suiza, y ha sido muy difícil sacarles de la cabeza que son buenos sólo debido a Pasternak y no a los autores mismos, a quienes consideran como pura materia prima. Pero qué podemos hacer, vienen sus mujeres, sus hijas, y al regresar a sus países de lo que quieren hablar es de la potencia de nuestros muchachos, de lo que tienen entre las piernas, y no de que leyeron poemas por aquí y por allá. Vienen en el verano, no como langostas, ¡qué va!, vienen como jauría de panteras, y se arrojan hambrientas y feroces sobre nuestros cuerpos indefensos, ni a los viejos nos perdonan. Las sufrimos durante tres meses y nos dejan convertidos en esqueletos. El cerebros se nos seca y nos lleva tiempo recuperar la savia y volver a recordar el idioma tal como es debido.”

Pitol compara ambos encuentros: los escritores moscovitas le parecen a momias, caricaturas pomposas, frente a unos georgianos de carne y hueso. El Cáucaso, tierra salvaje en la que Pushkin escribió una oda a la libertad, veía nacer un socialismo con cuerpo humano.

Pero el viaje del escritor mexicano a la perestroika, que en buena medida es el viaje de Moscú a Tbilisi y de unos comensales a otros, tiene, entre muchos destinos, uno particularmente irónico: muy pronto todo eso —la Asociación, la Unión, la Casa de los Escritores, la idea de gremio sentado a la mesa— dejaría de tener sentido.

Menos de una década más tarde, en el Cáucaso de los conflictos étnicos y la guerra civil, el visitante podía comer con escritores, pero no con los escritores. Esos ya no estaban por ninguna parte. Habían desaparecido para siempre.

Las páginas de El viaje, llenas de magníficas evocaciones a los muertos —Gogol, Tolstoi, Bély, Bulgakov, Pilniak, Tsvietáieva, Mandelstam, entre otros—, tienen como protagonistas a estos escritores vivos, anónimos, que se hallaban a las puertas de una nueva dinámica social donde su rol, sus hábitos y sus disidencias se verían profundamente trastocados.

No importa que, en el mejor de los casos, todos o casi todos hayan seguido escribiendo, publicando, enseñando, traduciendo, siendo traducidos… Si Sergio Pitol al principio de su libro hablaba de un dinosaurio moviéndose, al mirar aquel vasto territorio de Eurasia podemos pensar también en una gigantesca y masiva extinción.

Foto:  ivanthays.com.pe