Fotograma de la película

Por: Yusimí Rodríguez

Como el duelo anunciado entre Dayron Robles y Liu Xiang en Beijing 2008. Como la cáscara de una papaya madura en el mercado. Como el triunfo de una Revolución. Como las leyes nuevas que anuncia el periódico. Así de prometedoras resultaban las imágenes en blanco y negro de personajes corroídos en una Habana gris, no apta para turistas. Hablo de los avances de Penumbras, último estreno de la cinematografía nacional, dirigida por Charlie Medina, basada en la pieza teatral Penumbras en el noveno cuarto, de Amado del Pino. Lástima que tengamos que abrir la papaya en algún momento, y que esta también haya sido madurada a la cañona. Lástima que aquel duelo entre Liu Xiang y Dayron Robles no se llevó a cabo por la lesión del chino. Que las revoluciones tiendan a desembocar en dictaduras, y que el que hizo la ley hizo la trampa. Como no puedes juzgar una película solo por los avances, acudí a verla en el cine Yara.

La sinopsis anunciaba la historia de un pitcher exitoso en los 90´s, en caída libre una década después, que tiene a las posadas (tristes moteles) como única opción para llevar a su amante, justo cuando las posadas están a punto de desaparecer; los posaderos —un ex convicto (Omar Franco) y un guajiro (Omar Alí)— viven de sacarles el jugo a los clientes —desde el cuarto alquilado a sobreprecio y la venta de ron “sin bautizar”, hasta el placer que les exprimen a través del hueco en la pared—. Gente jodida y esquinada. Justo la historia que quiero ver.

La película comienza con imágenes de una Habana desesperanzadora. El rostro de Omar Franco (Pepe) aparece en primer plano con todos sus granos, el sudor, la desdicha. En otras palabras: la promesa comienza a cumplirse. Antes de los diez minutos, siento que Charlie Medina ha bateado un home run… de foul. Empiezo a tener la impresión de estar viendo una obra de teatro. Nada puede ser peor. Entras al cine a ver cine. Pero enseguida recuerdo Dog Ville, de Lars von Trier, filmada como si los personajes se desenvolvieran en un escenario teatral, ni el perro es de verdad. Pero cada personaje resulta tan convincente que terminas por olvidarlo.

Pero no compararé Penumbras con Dog Ville, ni con la obra de Amado del Pino que vi en el 2006 o 2007 y apenas recuerdo. La película está estructurada en nueve fragmentos, nueve innings, como un juego de pelota. Un buen juego de pelota es un juego cerrado, tenso, sin errores a la defensa, un duelo de lanzadores. Cuando usted es un amante de este deporte se planta frente a la pantalla con paciencia, sin molestarse por la demora del pitcher entre lanzamiento y lanzamiento, cuando hay corredores en primera y tercera sin out, porque en situaciones como esa hay que hilar fino. Como cuando usted tiene cuatro actores y un guión basado en un texto teatral. Como en un juego de pelota, la tensión está presente de principio a fin, pero el clímax puede llegar en cualquier momento: a la altura del quinto inning, o del séptimo —llamado el de la suerte—. O incluso en el noveno, con dos outs, el último hombre del line up al bate y conteo de dos strikes. Por eso deposité en Penumbras la misma confianza que en Industriales, cuando los Azules enfrentaban a Villa Clara en el 2010 y tuvieron que sacar el play off del congelador; la misma esperanza (inútil) con que miré el juego final de Beijing 2008 entre Cuba y Corea del Sur. Porque un buen juego de pelota lo es, aunque lo pierda tu equipo, como perdió Cuba ante Japón en el Clásico del 2006.

Pero en Penumbras no hubo tensión ni verdadero clímax. La película llegó al final sin pasar por las vísceras, sin rozar la yaga con una pluma.

Ya empezaba a sentir la punzada que provoca en el estómago el anuncio de que las cosas van a salir mal: cuando Ysmercy Salomón (Tati) aparece en la casa de Pepe, después de haberlo visto una sola vez. Casi salté de la luneta. ¿Cuál era el origen de esa escena? El diálogo es indigesto, pero lo más difícil de tragar es la súbita amistad entre los dos. En algún momento (Tati ya está en la casa de Pepe por segunda vez), el director o el guionista se percata de que debe justificar esa ansiedad de ella por buscarlo, y aparecen las dotes de él como espiritista o brujero, que lo hacen, al parecer, altamente recomendable. Dotes que se muestran en una escena en la que Pepe está solo, con unos caracoles, entonando un canto que identificamos con la santería o religión yoruba.

No pude encabronarme con el destino del pitcher que dio los mejores años de su brazo a su país. Sobre todo porque él mismo declara no estar arrepentido, y de pronto no sé si creerle al personaje, o si es un parlamento puesto en su boca por el director para ser políticamente correcto. Tampoco logré conmoverme con la lucha de Pepe contra las drogas. Y lo intenté. Quería que me doliera esta película, al menos la mitad de lo que me duele este país, que me propinara una patada en el estómago. Al final, abandoné el cine con el único dolor de no creerme una historia verosímil totalmente posible en esta ciudad.

Conozco, incluso de primera mano, historias de deportistas otrora gloriosos que ahora viven confinados en cuartuchos de mala muerte, o en el mejor de los casos sobreviven boteando el carrito que una vez les dieron; en el peor, esperan que se cumpla la sentencia de una ceguera progresiva e irreversible a causa de los golpes recibidos en el cuadrilátero. Sé de gente que hizo colas para matar su jugada en una posada. Hace meses una señora me contó que llevaba una bola de estambre para tejer mientras esperaba su turno. Pero en esta película parece que las únicas personas que no cuentan con un sitio donde hacer el amor son Tati y Lázaro el pitcher.

Si de veras es un drama para una mujer en este país llegar a los treinta años sin un hijo, esta película no me convenció de ello. Perder uno sí es terrible. Tuve una vecina a la que le sucedió, treinta años después no lo ha superado. Conozco mujeres que enfrentan el declive de sus cuerpos, que se descubrieron un día sin asideros, que piden a gritos una relación estable. ¿Por qué no logré creerme el drama de Tati? ¿Estoy diciendo que el elenco es flojo?

Una de las cosas que más esperaba disfrutar de la película era la actuación de todo el elenco. He visto antes desempeños de los cuatro actores y me parecía que podían resultar convincentes. Solo por mencionar alguna, y por hacerle justicia, recuerdo a Ysmercy Salomón en la adaptación del cuento Los heraldos negros, de Alberto Guerra. Su escena de sexo con el personaje interpretado por Yarlo es de las mejores en aquella película. La actuación de Omar Franco es lo más nítido que tengo en la mente de Penumbras en el noveno cuarto. Pero ahora, los cuatro parecen aferrarse con las uñas a los parlamentos, parlamentos que resultan teatrales, agarrarse tanto como puede uno aferrarse con las uñas a una superficie lisa. Resultado: resbalan y caen. El dolor no logra atravesar la andanada o incontenible fluir de las palabras. El problema es que no basta tener un elenco decoroso, incluso espectacular; hay que exprimirlos para extraer lo mejor de ellos.

Y como si no hubiese suficientes elementos forzados, aparece la preocupación del pitcher (Tomás Cao) porque lo estén vigilando (supongo que la Seguridad del Estado), lo que es altamente posible, pero en la película se siente como un parche: un parche flojo, que no contiene los salideros del filme. Conversé con un amigo que no ha visto la cinta, por los avances televisivos tiene tantas expectativas como yo. Qué le voy a decir. La fotografía es hermosa. Pocas veces he lamentado tanto que no baste una buena fotografía para hacer un gran filme.

Mientras conversamos, trato de explicarme el vacío que me produjo el filme. “Es que el teatro es diálogo y el cine requiere más silencio”, me dice mi amigo. Pero enseguida nos miramos y sé que pensamos en lo mismo: The sunset limited, exhibida por la Televisión Cubana bajo el título Al borde del suicidio, protagonizada por Samuel Lee Jackson y Tommy Lee Jones (además el director). The sunset limited es una película que solo cuenta con dos personajes (no cuatro), que permanecen en una misma locación; The sunset limited solo puede ser diálogo, diálogos que revelan poco a poco la historia de los personajes, pero deja zonas ocultas, misterio; un diálogo lleno tensión, una lucha de caracteres y personalidades bien definidas, podría decir que es un duelo de pitchers. Y tal vez esa sea la diferencia. En The sunset limited hay diálogo; en Penumbras, texto disparado a pulso, verborrea, juegos de palabras ingeniosos que llegan a aburrir por ser repetitivos y folclóricos. El témpano de hielo está invertido: todo en la superficie y la puntita en el fondo.

En Penumbras, el director se ve obligado a recurrir al flash back —del que Tommy Lee Jones prescinde magistralmente—. ¿Para qué poner a Samuel Lee Jackson en la cárcel, cuando hablamos de un actor capaz de narrarnos un episodio terrible de su vida como recluso con su voz, su cuerpo, su rostro, y regalarnos una de las mejores escenas de la película? Tan buena que mi amigo, meses después de haberla visto, estaba seguro de que había una escena de Samuel Lee Jackson en la cárcel. Es este el home run del noveno bate en dos strikes, con dos outs, en el último inning. Lo peor del uso del flash back en Penumbras no es su nulo aporte a las historias de los personajes, sino que saca a flote la puntita del témpano que había logrado quedar sumergida.

Siento que Penumbras pudo haber sido una buena película. Siento que el cine cubano atraviesa un momento similar al de nuestro béisbol, que lucha por regresar a los planos estelares de décadas atrás, cuando nuestros peloteros “amateurs” se enfrentaban a peloteros amateurs, y no tenían rival. Algunos espectadores la disfrutarán tal como hemos seguido disfrutando las series nacionales de béisbol, aunque sintiéramos, hacía tiempo, que se requerían cambios en la estructura del campeonato. Como seguimos apoyando a nuestro equipo nacional, aunque sintamos que la confiabilidad política no puede seguir primando en la selección de los jugadores. Pienso incluso que la disfrutarán un poco más que algunos de los últimos filmes de nuestra cinematografía, al menos en estas Penumbras hubo destellos de una Habana real, ajena a las imágenes que desde revistas y postales venden un paraíso terrenal a los turistas, personajes que sufren en la periferia del triunfalismo oficial. Solo falta que las películas cubanas nos traigan más que promesas.