Por: Ahmel Echevarría

El viaje

“Un tratamiento de choque puede lograr resultados inmejorables. Estimula fibras que languidecían, rescata energías que estaban a punto de perderse. A veces es divertido provocarse. Claro, sin abusar; jamás me encarnizo en los reproches; alterno con cuidado la severidad con el ditirambo. En vez de ensañarme contra mis limitaciones he aprendido a contemplarlas con condescendencia y aún con cierta complicidad. De ese juego nace mi escritura; al menos así me lo parece.” Esta extensa cita pertenece al libro El viaje (Torre de Letras, 2010), del escritor, traductor y diplomático mexicano Sergio Pitol*. La tomé de la introducción que el propio autor le hizo a su libro.

La cita anterior resume los propósitos del escritor veracruzano con El viaje (publicado por primera vez en el ya lejano 2000): la compilación y escritura de lo vivido en dos momentos de su vida ligados a la literatura y al cargo diplomático. Sé que debería ser más preciso porque la vida de Pitol es, en buena medida, literatura y diplomacia. Ambos “momentos de su vida” son más que dos (o tres) estaciones de un viaje realizado en los ya lejanos 80’s del pasado siglo. Intentando la maroma de la exactitud, debo consignar que el periplo tuvo a Praga como punto de partida (allí, de 1983 a 1988, Pitol fungió como diplomático); el destino era la República Socialista Soviética de Georgia a propósito de una, según el autor, “sorpresiva invitación” de la Unión de Escritores de la RSSG (era 1986, mayo, perestroika y glásnost dejaban de ser un proyecto de reformas económicas y políticas restrictivas —y comenzaban perestroika y glásnost a batir sobre y a favor y en contra de la economía y la cultura y la sociedad y la política con más o menos intensidad en las repúblicas soviéticas—, y eran los días en que todavía cuatro siglas correspondían al nombre de esa república bañada al oeste por el Mar Negro).

La invitación cursada a Pitol dejaba fuera la condición de diplomático. El mexicano recorrería Tbilisi y sus alrededores en calidad de escritor. “Georgia se había hecho célebre de pronto por el tono subversivo de su cine, y se le consideraba como una de las plazas fuertes de la perestroika” —dice en su libro—. Para él era un viaje inesperado. Pero como Dios escribe derecho utilizando líneas torcidas, no tan expedita fue su travesía a Georgia. Una institución se propuso abducirlo antes de que emprendiera el viaje: el Ministerio de Cultura de la URSS, a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores, le hizo llegar la invitación de la Asociación de Escritores Soviéticos para que impartiera una conferencia sobre “algún aspecto de la literatura mexicana”, uno cualquiera, el que Pitol decidiera elegir.

¿Entonces El viaje es la crónica de una invitación y una abducción anunciada? El libro de Sergio Pitol no es simplemente la narración de un periplo en donde los resortes que activan la escritura fueron accionados por la auto provocación y el placer generado por la misma. En este libro, estrictamente literatura de no ficción (pero que avanza y fluye como si delante de nuestros ojos transcurriera una novela de amor y otros demonios) hay duras líneas de fuerza que cruzarán el espacio geográfico y temporal en el que estará insertado el escritor mexicano. La cultura (si mal no recuerdo Pitol hablará de las siete artes), la política (quizá sea ingenuo precisar qué vectores de lo político y la política estarán incidiendo sobre el viajero y su viaje) son las complejas variables a tener en cuenta en esta “ecuación” formulada por Pitol. Por lo que es más que Praga, Moscú y Tibilisi el contenido de estas páginas. No es solo la arquitectura, paisajes, pobladores, comidas y bebidas; no es el simple discurrir sobre las artes y la literatura de las ciudades visitadas, sus principales obras y autores. Está la mirada del viajero extasiado con todo un saber, con la idiosincrasia de los moradores de estas ciudades y pueblos, pero también está el resultado de la interacción del viajero con los pueblos y ciudades y sus moradores, con las excretas del país y sus habitantes (y aquí léase tanto las deposiciones líquidas y sólidas producto de la ingesta, como las no ya tan inverosímiles pero castradoras políticas culturales y de estado que pueda idear y poner en práctica una nación).

La de Sergio Pitol en El viaje es una mirada que busca, interroga y asocia, que mucho tiempo después de haberse producido el viaje quedó cristalizada en un singular relato en el cual, además, hay un retrato de grupo (están allí el rostro y parte de la vida de Gógol, Bábel, Ajmátova, Chéjov, Solzhenitsin, Bulgákov, Nabokov, Pushkin…, también de cineastas y pintores y directores teatrales) y un retrato de familia (la familia Efrón: la poeta Marina Tsvaetáieva, el supuesto agente del espionaje soviético Serguéi Efrón, Ariadna y Gueorgui Mur —los hijos—, también los dramatis personaes que rodearon a la Tsvaetáieva y la tragedia que se iba a cernir sobre ellos —precariedad, hambre, continuas mudadas, arrestos, prisión, trabajos forzados, la pena capital en el caso de Serguéi, el suicidio de Marina, y la muerte de Mur luego de enlistarse en el ejército y marchar al frente de batalla; Ariadna será la única sobreviviente, el milagro de la vida persiste en su cuerpo tras ocho años de calvario en un campo de concentración, también sobrevivirá a la inverosímil sentencia de residir de por vida en la gélida Siberia (una muerte en específico a seis años de haberle sido impuesta la condena —esa muerte en particular es el deceso de Stalin—, permite que Ariadna sea “rehabilitada”, es decir, la supuesta vuelta a la verdadera vida —ese “tiempo extra” lo utilizará en localizar, rescatar y compilar casi toda la obra de Marina Tsvaetáieva).

Observo la portada de El viaje. Abro una página al azar. Y cito entonces las palabras de un escritor (o personaje, porque en este libro lugares, personas, lecturas hechas por el autor, libros, música, obras plásticas, puestas de teatro, las reacciones y políticas de las instituciones devienen escenarios y personajes), cito pues las palabras de un escritor que preside un encuentro en la Casa de los Escritores al que ha sido invitado Pitol: “Para muchos ha sido un descubrimiento saber que los escritores y cineastas georgianos pensamos y que somos severamente autocríticos. Pero no solo somos una nación hedónica, hay que recalcarlo, sino también trágica.” Hedónicos, pero también trágicos. En ocasiones el carácter trágico de los hombres y mujeres de un país es borrado de un plumazo no solo por las campañas publicitarias que convocan al turismo. Y vuelvo a cerrar el libro. Miro otra vez la portada y leo el nombre del autor: Sergio Pitol (el verdadero escritor es el que sabe observar, formularse verdaderas preguntas —no aquellas de las cuales sabemos de antemano su respuesta— y asociar. Ya lo dijo Umberto Eco en Cinco escritos morales: hay que pensar difícil.

La Reina y La Torre (más que un asunto de ajedrez)

No es exactamente un apéndice (ni el bazo ni el cordal) del Instituto Cubano del Libro, la Torre de Letras es un espacio de confluencias, discusión, charlas, transformaciones. La Torre, dirigida por la escritora Reina María Rodríguez**, tiene además una biblioteca (porque ya sabemos que posee una pequeña casa editorial con varios títulos en su haber y la revista Azoteas).

Hasta ahora, sus libros de corta tirada eran numerados y cosidos a mano según el método japonés kangxi; son libros de sobrio diseño, tirada corta y largo alcance, de la autoría de escritores cubanos o no. Dije “hasta ahora” porque el ejemplar de El viaje que tengo en mi poder tiene otro formato, otro look, digamos bien corriente (debo consignar que no he visto su versión a lo kangxi).

Diseño austero, letras blancas y cubierta roja. Muy a tono con esta sorpresa que nos ha dejado la Reina y La Torre en algunas las librerías cubanas. Tal como si nos alertara acerca de esa terapia o tratamiento de choque que se propuso Pitol para la escritura de El viaje, o para su literatura toda. O como si La Torre y la Reina secretamente nos dijeran: “imaginen un tablero con dos fuerzas enfrentadas, pensar jugadas, pensar los movimientos del contrario, adelantase a él en la medida de lo posible, mirar las fichas a mover… pero cuidado, es más que un asunto de ajedrez; debíamos haber puesto las barbas en remojo, habernos propuesto incluso con menos seriedad la puesta en práctica de auto provocaciones, pero nunca es tarde si la dicha y las intenciones (y la escritura) son buenas”.

Tratamiento de choque

Pitol decía que lo necesitaba, con un tratamiento de choque podía lograr resultados inmejorables. De ese juego nacía su escritura, al menos así le parecía. Les había comentado que en el caso de El viaje el resultado de tal terapia es un libro de no ficción en donde no solo se ve un relato de amor y odio —y con el cual puedes llevarte además un envidiable ensayo sobre literatura y vida de escritores y artistas circunscritos a este periplo realizado y descrito por Pitol, crónicas y testimonios de políticas y condenas inverosímiles, de terror y literatura, de alianzas para la sobrevida o la aniquilación—, que se disfruta tal como si se leyera una novela —y seré más preciso cuando hablo de los “agregados” puestos al “plato” elaborado por Pitol: se le han añadido fragmentos de inquietantes testimonios como el del director teatral Vsiévolod Méyerhold “el más importante renovador del teatro ruso. Méyerhold fue al teatro lo que Eisenstein al cine”, o fragmentos de poemas, canciones infantiles, una parte mínima e intensa de la obra de Chéjov—. Dije “no solo se ve” un relato de odio y amor, porque también “se siente”. Como esquirlas son las piezas que conforman este libro; se encajan en nuestro cuerpo al desatarse la reacción en cadena de una sociedad y nación (y el hombre o los hombres al frente y a la sombra de esta nación) que hizo (o hicieron) y también deshizo (o deshicieron) por sus ciudadanos y los de las repúblicas insertadas en la vasta e inflexible Unión.

A propósito de El mago de Viena, Pitol, en una conversación con Carlos Monsiváis publicada por el diario español El País, decía que ese libro sería un conjunto de artículos, de prólogos y textos de conferencias, pero que al ordenarlos en un índice le pareció muy fastidioso. Entonces los releyó, los sometió a cambios. Con ese trabajo arribó a una estructura narrativa. “Hacer de esos materiales algo como una novela o una narración autobiográfica, con un tono celebratorio y levemente extravagante. Mis viajes, mis lecturas, mi escritura, mis amigos y aun personas que conozco casualmente se me convierten en personajes”. En las claves de El mago de Viena también están las de El viaje. Hay que añadirles la intención de que sus ensayos sobre literatura y vida de escritores se distancian de la rigidez de los textos concebidos bajo el hormigón armado de las normas del género, porque ese ha sido otro de sus propósitos: huir del aburrimiento. Tampoco quisiera pasar por alto la necesidad de Pitol de incluir la presencia de los excéntricos (en la misma conversación con Monsiváis dice: “En mis libros abundan los excéntricos, quizás en demasía, pero es natural. […] Y en mis largos años en Europa, sobre todo en Polonia y la Unión Soviética, mi mundo era ése. […] ser raro era un camino a la libertad. La Inglaterra e Irlanda victorianas produjeron un ejército de ellos; quizás por eso tienen una literatura espléndida, Sterne, Swift, Wilde y sus sucesores.).

No puedo afirmar que la literatura sea un juego de guerra, pero sí puedo afirmar que, desde mi punto de vista, lleva bastante de ambos: de juego, de guerra. Placer, diversión, estrategias y tácticas, victorias, y sobre todo muchas derrotas.

A la larga pensar es crear, y crear es resistir.

Coda

Alguien echará en falta la parte que debí haber dedicado a las “sombras” o carencias que debe tener este libro. Alguien dirá que es demasiado elogiosa esta reseña, que debí haber hablado de una posible parcialidad en el libro, de los escritores y artistas nunca mencionados por Pitol, de las bondades y logros de… Que no solo se trata de vigilar y castigar…

Además de algunas pequeñas torpezas en la revisión o la edición de El viaje (no puedo imaginar qué habrá sucedido, el texto supuestamente estaba al cuidado de cinco personas), hay en este libro perversidad, miserias políticas y humanas, dolor, muerte… y están sus ejecutores. Es una mirada. La subjetividad de la mirada. Pero también está el testimonio de la grandeza del ser humano que supo y pudo imponerse a su temor, al diario y terrible acontecer, a las urgencias para con su obra de arte, a las urgencias de la vida común, incluso están las voces de los que no lo lograron. Su lectura es como volar sobre un verdísimo prado en donde revientan los bulbos de las flores silvestres y las ampollas en la piel de un cadáver.

Quizá sea cierto y no he sido objetivo. Quizá sea un asunto de emociones. ¿Acaso no es hermoso el vuelo del buitre?

 

* Sergio Pitol (Puebla, México, 1933). Escritor, traductor y diplomático mexicano. Ha recibido numerosos galardones, entre los que figuran el Premio Xavier Villaurrutia por el libro de cuentos Nocturno de Bujara (1981), el Premio Nacional de Literatura de México (1983), el Premio Herralde de Novela (1985) por El desfile del amor, el Premio Nacional de las Artes y Letras de México (1994) y el Premio Juan Rulfo (1999). En 2005 fue galardonado con el Premio Cervantes. Entre otros, es autor además del libro de cuentos El tañido de una flauta (1973), la novela Domar a la divina garza (1988) y el libro de ensayos El arte de la fuga (1996), ensayo.

 

** Reina María Rodríguez (La Habana, 1952). Poeta y narradora. Entre otros libros es autora de los poemarios Cuando una mujer no duerme (Premio Julián del Casal de la UNEAC, 1980), Para un cordero blanco (Premio Casa de las Américas, 1984), En la arena de Padua (Premio de la revista Plural de México en 1991 y Premio de la Crítica Cubana, 1993), Páramos (Premio Julián del Casal de la UNEAC, 1993) y La foto del invernadero (Premio de la Casa de las Américas 1998 y Premio de la Crítica Cubana, 2000), así como la novela Tres maneras de matar un elefante, (Premio Italo Calvino, 2004).

Foto tomada de: ivanthais.net