Foto: Liborio Noval

De la serie Una mujer con sombrero

Por: Greity González Rivera

Han tenido que pasar semanas para asimilar la muerte de mi abuelo. Más de un mes, exactamente. Más que abuelo fue mi padre. Me crió, hizo de mí la mujer que soy. Me recordaba a Esteban Trueba, el contradictorio personaje y amante incondicional de su esposa y de su familia en la novela de Isabel Allende, La casa de los espíritus.

Falleció en La Habana después de una no muy larga pero sí fulminante enfermedad, a los setenta y ocho años. Murió como vivió. Sin claudicar. Dejó una indeleble huella gracias a una existencia plena de convicciones políticas. Diferían en gran medida de las mías, pero nunca interfirieron en el amor profesado a su familia, en especial a mí, porque siempre fui —según palabras que me dirigió en privado, por primera vez hago públicas: “lo más hermoso de su vida”.

Vidal Rivera será, sin lugar a dudas, el hombre que más me amó.

Mi abuelo fue, en esencia, un respetado y querido dirigente a nivel nacional de los CDR (Comité de Defensa de la Revolución) y fundador de esta organización en el año 1960. Y aún cuando en un determinado momento de la historia cuanto sucedía en Cuba parecía no tener sentido para los demás, Vidal Rivera defendió sin cejar la idea de la permanencia, a riesgo de llegar a ser intransigente; mas nunca, ni por un minuto, irrespetado. De hecho, a pesar de haber ostentado cargos y responsabilidades mejor remunerados y con mayores beneficios personales a lo largo de su fructífera vida, siempre se consideró cederista. En otras palabras: un soñador sin remedio.

Nosotros —sus cuatro hijos, ocho nietos, dos bisnietos (hay otro en camino, llevará su nombre), su amada esposa, en resumen, la enorme familia que aglutinó, y de la que por tanto tiempo fue horcón— ya nunca más seremos los mismos. Su muerte ha sido el fin de una era. Presidía la mesa, dirigía las fiestas familiares, resolvía mil y un problemas y situaciones, era el eje de nuestro mundo. Ahora los Rivera tendremos que reinventarnos en una empresa que tan siquiera sé si tendrá éxito, y seguir adelante, asumiendo, con dignidad y orgullo, la muerte de un gran hombre. Precisamente por eso hemos decidido mantenernos unidos, más que por su memoria por su presencia. Y yo, en lo particular, he decidido rendirle a través de mi vida un homenaje, intentaré ser siempre la mujer que él admiraba en mí.

Lo recordaré, más que como el cerebro revolucionario que fue, como el mejor padre y el más comprensivo y generoso de los hombres. Por ello me siento satisfecha de que su entierro en La Habana haya sido hermoso, con honores y con la asistencia de tanta gente. Y sobre todo me siento muy satisfecha de que, pese a estas absurdas noventa millas que nos separaron intermitentemente durante los dos últimos años, él siempre respetara y apoyara mis decisiones. Y es que no podía ser de otra manera, porque el amor de este Esteban Trueba por su Blanca Trueba era demasiado grande.