Foto: Carmen Rivero

Por: Jamila M. Ríos

Leído a saltos, de atrás hacia delante y de alante para atrás, impulsada por la naturaleza del material, siempre curiosa, siempre volviendo al índice de fuentes, en Antes del mediodía. Memoria del sueño (Ediciones Unión, La Habana, 2011) de Soleida Ríos, de seguro me queda todavía alguna historia en un resquicio, que el inconsciente ha preservado para que regrese sobre estas páginas, a por más; de seguro ya este libro ha introducido en mi vida otras tipologías de sueño que ni siquiera imaginaba…

Pero ¿qué es lo que vuelve inmediatamente atractivo este expediente abierto, este mapa de símbolos, frustraciones, anhelos, relecturas del día? Se me antoja que son varios sus tentáculos:

 

UNO CABALLO: La pretensión de un conjunto que –como la autora refiere– es continuación de otro (El libro de los sueños, Letras Cubanas, 1999), ayer recibido con recelo, descalificado, desclasificado, como sucede con lo salido de la norma, entre otras razones (visibles) por su inquietud transgenérica, a caballo entre varios géneros: ¿testimonio o poesía performática? ¿cuentística o poesía? ¿páginas de diario robadas o epístolas recibidas? ¿confesiones o escritura a cuatro manos, a veces a seis manos? De hecho (aun a pesar de que los entrevistados cuentan muchas veces sueños recurrentes o antiguos), la existencia de esos dos tomos (y el otro par que vendrá) sugiere la posibilidad de contrastar las maneras de “hacer” sueños y los leitmotiv soñados de entonces, frente al material más contemporáneo. La teórica se revela en mí y barajo la posibilidad de estudiar sus regularidades, superponer un mapa sobre otro y ver las variaciones del territorio de los sueños, la erosión ejercida por los cambios sociales en el imaginario, las compuertas abiertas, las vallas levantadas, por los cascos de las yeguas de la noche…

 

DOS MARIPOSA: Si de altos contrastes se trata, se me ocurre que quienes manchen sus manos con el polvo persistente de estos sueños no podrán resistirse a reparar en la gama de los modos de soñar latinoamericanos (de México, Uruguay, Chile, Argentina, e incluso de otra isla, como Santo Domingo); en las divergencias entre sueños concebidos en ámbitos urbanos y lo soñado en el rurus, entre sueños de mujeres y sueños de hombres, entre sueños de personas de distintos oficios y creencias…, y en comprobar cómo han hecho para escapar a las mímesis vitales, a las rutinas de (des)composición. ¡Como si estuviéramos llamados a fundar una sociología del sueño! –entre la mariposa agrisada de la luz y la tatagua.

 

TRES NIÑO: Atrapa también el hecho de que el conjunto se balancee entre una diversidad de estilos y temáticas, sabiamente hilvanados y distribuidos en estancias independientes, que guardan comunicación. Soñadas en blanco y negro, en sepia o en colores, hallamos escenas surrealistas, mí(s)ticas, grotescas, hiperrealistas, ciberfuturistas, hollywodenses, japonesas, paródicas… Como si los modos de hacer sueños fueran comparables a las escuelas de cine conocidas, hay quien es hijo de los dibujos animados, otro del neorrealismo italiano, otro del porno español… Aparte de los leitmotiv más trillados (caída al abismo, vuelo, huida desesperada), hay sueños húmedos (incluido el incesto, el amor contra natura, la masturbación…), bélicos, acuáticos, danzarios, terrestres, aéreos; sueños con cabezas, sueños que transcurren dentro del cerebro, un caracol, una cárcel, una habitación cerrada donde asistimos a una reunión sentados sobre inodoros. Sueños únicos, sueños temidos, sueños empatados. Se sueña con la vida y la muerte, con la enfermedad y la desgracia, con amigos y desconocidos (extraños seres a los que se combate o con los que muchas veces se hace el amor). Se sueña con animales (serpientes, puercos, pájaros, peces, jicoteas, gatos), árboles (la ceiba, el pino) y flores (de arena que no existen, y azucenas, y el jardín de Lezama), con ciudades (doradas, góticas, de los muertos, de figuritas de porcelana…), con familiares y personajes públicos (bajo títulos generalmente deliciosos como “Fidel… sin camisa”, “Freud llevaba unas gafitas”, “Savón con la manta negra”, “Barnet/ mucha agua”, “¿Por qué Guiteras me miraba así?”, o ¿Qué hace Alfred Hitchcok aquí?). Historias que se cuentan con inocencia, y que encarnan una espontaneidad, una carcajada, una crueldad que nos devuelve a los sueños en colores de la infancia…

 

CUATRO GATO: Luego, se vuelve una tentación buscarle la quinta pata al gato e interpretar –muchas veces a favor o en contra de las propias simbolizaciones que les endilgan los que sueñan– el haz de situaciones y elementos alegóricos presenten en las tramas, desde un punto de vista psicoanalítico, religioso, numerológico, o simplemente para jugar a la bolita. Así, la forma de ordenamiento del libro, que deja al cubierto los nombres de los actores (que no solo autores) de cada texto, invita a un juego de adivinanzas: ¿de quién se trata, cuál es su oficio, cuál su género, cuál es su edad, cuáles son sus creencias? o, planteado más directamente desde la mirada del voyeur, una se pregunta: ¿qué sueña Javier Sotomayor, qué sueña Alicia Alonso, qué soñaba un amigo que ya no está, por qué sueña la propia Soleida con limones?

 

CINCO MONJA: Repasar estos textos de conjunto ofrece la posibilidad de caracterizar la literatura onírica, por particularidades como las que siguen: el actor es a la vez teatro y público del sueño; hay hibridación (es decir, mezcla de personajes que “sentimos” o “sabemos” que son una cosa y otra); las sensaciones y percepciones son muy vívidas; llueven las mudas temporales, espaciales y de realidad; el sueño se construye de materiales diversos guardados –con o sin concientizarlo– en la memoria, los cuales a veces pueden ser identificados en un análisis de los textos; las relaciones lógico-causales funcionan menos en este territorio que las leyes asociativas, que nos hacen migrar de situaciones, cuerpos, escenarios…; y cuando aparece la conciencia de que se sueña, puede suceder que el actor/espectador luche por modificar lo vivido –más si se trata de una saga recurrente, una especie de sueño matriz que ha ido derivando en versiones de sí mismo, y cuya “etimología” o “etiología” el actor ha o cree haber situado–… Como si el rastro del sueño durmiera en un monasterio clausurado, a cuyas puertas toca Soleida, grabadora y lápiz afilado en mano, quedamos sin saber si la confesión (ese acto de exprimirnos los sesos, buscando el hilo, la aguja perdida en el pajar) termina o no transformando lo soñado, cuando empezamos a vomitar, directo desde el corazón, las agujitas azules de nuestros secretos.

 

SEIS JICOTEA: Y es que Antes del mediodía (cuyo título alude a la hora límite en que se cree con convicción en Cuba que debemos esperar para contar un sueño, y que se haga realidad)…, Antes del mediodía nos habla –entre tantos susurros, murmullos, confidencias– de cómo los sueños (hijos sobre los que paradójicamente no tenemos dominio, aunque los llevamos grabados en el caparazón) son también ese territorio de nuestra vida que –como la existencia misma, como la nave de los locos, como el barco ebrio de nuestro estado de cosas– quisiéramos saber gobernar, comprender, descifrar… En ese sentido, podríamos variar aquella famosa máxima griega, y decir, no ya “Conócete a ti mismo”, sino “Conoce tus sueños”…

 

SIETE CULO: Leamos este libro como en el poso del vaso leían los antiguos adivinos, como en las entrañas de los pájaros… Encontrarse este muestrario de sueños nos deja curiosos acerca del Archivo que posee la autora (fuentes que en unos años promete revelar). Inspirados por su hacer (tres décadas compilando, pasando en una libretica, grabando, mecanografiando, digitalizando voces, y luego limpiando con paciencia hasta que quedara el hueso, la médula, la nuez del sueño); o más bien conminados por su orden: “Tome un sueño cualquiera […]. Escarbe, escarbe”, quedamos con ganas de contarle alguno propio, como me gustaría hacer ahora con uno de los pocos, sino el único de los míos, que he transcrito:

 

En la realidad, estoy con unos amigos en la esquina de G y 23, unos camarógrafos y periodistas se acercan y nos dicen: “La televisión española te quiere entrevistar, por los 50 años de la Revolución”. “No quiero”, digo y me aparto de las luces que comienzan a enfocar… Después vamos a casa y tengo un sueño:

 

Hombres sucesivos se pasan, como un gran peso, /un casco, que pudiera ser un cráneo reducido, /finalmente lo colocan entre gemidos /en un altar de hierro verde /donde hay otros cráneos. /Le doy la vuelta: /por el costado derecho están moviendo de mano /en mano otra pieza que percibo /como una granada, /pues al colocarla en el engranaje /creo presentir que va a explotar. /La oreja del tanque se cierran [sic] /como boquitas de goma, esta y otras /escotillas. /Convertido en un pequeño tanque de juguete, /con un solo viajero y una banderita al viento, /el altar sube a la colina. /Corremos, no sé si porque presentimos la explosión, /o para tomar otro camino. /Corremos también colina arriba, /una pradera con árboles y yerbas verdes y amarillas, /que ahora percibo azules. /Sobre la yerba hay como frases /escritas con baba, algunas quizás en árabe, /pero no toco ninguna para comprobarlo. /A la izquierda oigo [verbo en -ar, ilegible] las ramas /y sé que no quieres correr hacia allá. /Seguimos corriendo por la colina /y esquivando carteles de baba, /inentendibles. [20 de diciembre de 2008]

 

Incorporada pues a este espacio de poder liberador, ese “entrelugar” de la vigilia y el amnios; invitada a la pronunciación de una “política poética”, agradezco a Soleida su gesto sincero, su propiciación del striptease –dulce, ácido o amargo–. No me importa si mis sueños, considerados como dicen que lo fueron los de la pintora Antonia Eiriz (salvando la enorme distancia), llegan a ser leídos con suspicacia o con espanto. Temerosa del poder de los secretos, mis goces siempre los inscribo donde se vean: el piercing en la ceja, el tatuaje en el brazo y ahora algunos de mis sueños en la bolsita de alcamonías de Soleida, esperando a que afloren en tomo codiciable. Porque a la pregunta sobre si la memoria onírica forma parte de nuestra existencia, respondo como un porfiado: sí, sí, sí, con mi sí de xilófono, con mi sí de cilantro, con mi sí mágico.