Foto: EFE (Hiram Hernández Castro a la derecha en la foto)

Por: Hiram Hernández Castro

Gracias a Espacio Laical invitarme a presentar este libro. Lo aprecio como un honor, además de la alegría que significa compartir este evento con personas que admiro y respeto. Agradezco también la deferencia de presentarme como un “politólogo”, aunque sólo soy un profesor que, desde el marxismo crítico y revolucionario, intenta seguir pensando y reflexionando para compartir lo poco que sé con quienes sabrán más que yo. Una profesión que a veces he acompañado con el trabajo editorial. En ambos oficios he aprendido a admirar a quienes socializan el saber con rigor, pluralidad y sentido patriótico. Valores imperativos en un contexto intelectual que subsiste al margen del mercado internacional del libro, con una conexión a Internet perdida en el laberinto de la corrupción burocrática y bajo el asecho de los policías del pensamiento.

Con todo, prefiero creer que en los últimos años hemos corrido la cerca. Hoy son más los que no aceptan los dogmas y discursos sesgados, los que fundan blogs y compendios para analizar críticamente los problemas internos, los que defienden el principio de que todos somos iguales en cuanto seres dotados de palabra y pensamiento propios, los que reconocen que en política cualquier otro puede tener una opinión correcta y nadie una epísteme segura. Politólogo, en definitiva, debe ser todo ciudadano comprometido con el destino de su patria.

Por un consenso para la democracia constituye la declaración de un riesgo. Treinta siglos de historia nos han arrebatado el consenso etimológico con el que los griegos traducían, sea para afirmar o negar, la Demokratia como el poder de los pobres libres. Ante la discordia ideológica que produce el término no pocos cientistas políticos aconsejan desplazar la mirada hacia conceptos más neutrales. Lo que bien podemos interpretar como un llamado a despolitizar la política o dejar la política a los políticos, que nos es lo mismo pero es igual. Este libro se coloca en las antípodas de esa actitud. Aquí se presentan propuestas y valoraciones múltiples sobre la democracia y su consenso se instituye en afirmar su urgencia en nuestro espacio político.

Una nación, un barrio, un edificio necesita que sus moradores acuerden mínimos éticos y procedimentales para vivir juntos. Estos compromisos deben constituirse en un ágora donde las ideas, deseos y problemas privados se deliberen en busca de consensos. Caminar hoy por La Habana es enfrentar el total irrespeto a la normas de urbanidad, incluso dudar si estas normas existen. La aprobación de la ley de venta de inmueble ha suscitado el interés de sus propietarios en remozar su casa para revalorar su propiedad, y la reciente visita del Papa convocó a las autoridades a pintar las fachadas de las avenidas por donde éste se trasladaría. Si todavía nuestra ciudad luce un aspecto ruinoso, casi posbélico, probablemente sea porque más allá de los intereses promovidos por el mercado y el Estado pueden quedar irresueltos los problemas de la polis. La relación entre el interés privado y el estatal crean el espacio político si y sólo si se constituyen normas sobre el “bien público”, “la sociedad justa” y los “valores comunes”.

Producir consenso es tan vital como producir leche, electricidad y transporte; comoquiera que ningún bien, material y espiritual, existe de forma bella, justa y cooperada sin la participación activa de los afectados. Pero el consenso también se fabrica, se manipula, se negocia en salones cerrados y ejerce como hegemonía. Muchas veces los defensores del “consenso” poseen además el monopolio de sus significados y significantes (hasta el punto de decretar que el desacuerdo es traición). La democracia necesita el consenso, pero éste sólo existe si, como afirma el compilador y editor de este libro, defendemos el derecho de todos a intervenir en el espacio político.

De acuerdo con Lenier González: “el intenso debate sociopolítico que está teniendo lugar en la sociedad cubana, y su capacidad demostrada de impactar sobre la opinión pública insular, constituyen una muestra irrefutable de que Cuba está viva”. ¿Querrá esto decir que tenemos alternativas a la catástrofe ficcionada en Juan de los muertos? En la cinta de Alejandro Brugués la política de la uniformidad nos transfigura en zombis y el deseo de Juan se resume a que los demás lo dejen tranquilo. A lo largo de estas 100 páginas, en cambio, la política sirve para humanizarnos y Juan sabe que no habrá un filo para él si no defiende el cachito de todos para vivir. No se trata de sustituir a Juan y su pandilla de maleantes por un grupo de intelectuales, ni cambiar el remo y el machete por teorías y logos políticos. Pero apostar por la vida implica no recurrir a la violencia, el individualismo y la ética de la banda de ladrones.

Si Juan de los muertos dice “este es mi país sea como este sea”, Juan de los vivos dirá: “este es mi país si puedo intervenir en hacerlo mejor”, “si no se me niega la posibilidad de impedir a tiempo sus errores”. La vitalidad de todo cuerpo social, afirma Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, dependerá de la seriedad con que seamos capaces de asumir el diálogo.

El que se toma el diálogo en serio no ingresa en él con el objetivo de derrotar a su interlocutor, está dispuesto a exponer y escuchar argumentos, descubrir lo que tienen en común y precisar desde ahí en que no se concuerda y por qué. El presupuesto de un diálogo es entenderse para buscar soluciones reales y la decisión final, para ser justa, no debe atender a intereses individuales o grupales, sino a intereses universalizables. Por ello este libro pone en cuestión las decisiones hurtadas al espacio público y las leyes heterónomas que aniquilan al ciudadano. Se apela a un principio martiano: que el ciudadano se conozca y ejerza. Gobernar y ser fraternamente gobernado por los demás es la puerta de salida del autoritarismo.

La mayor parte de estos textos los leí en el momento en que fueron publicados. La polémica que protagonizaron Roberto Veiga y Julio César Guanche se ha convertido para mí en un referente teórico sobre la democracia, un hervidero de respuestas y preguntas sobre el presente y futuro de Cuba y una clase magistral de ética intelectual. En teoría, siempre defendí el valor de discutir razonadamente cada coma y punto del espectro político, ellos le han dado cuerpo a ese principio. Publicar en un mismo espacio las intervenciones de uno, el otro y otras tantas voces diferentes, parafraseando a Mario Castillo, resulta excepcional entre nosotros.

Que los textos de este folleto sean discutidos y contestados por otros autores, estudiantes y una audiencia más general sería el mejor de los destinos para este libro. ¿Qué necesitamos para que esto suceda? Sería muy bueno, por ejemplo, que junto a las clases de inglés, ajedrez y modernización china por nuestra televisión se impartan cursos de ciudadanía y cultura política democrática. Si bien la eficacia de toda bibliografía y pedagogía política dependerá de la libertad ciudadana para ejercer un pensamiento público y una acción social colectiva. Sólo la participación ciudadana en la determinación de sus condiciones de vida puede generar sentimientos de pertenencia a la comunidad e interés por ensanchar el espacio político. Un concepto que va más allá del individuo portador de derechos que presta su voto a un representante o partido, refiere al que participa para deliberar sobre lo que lo afecta, busca consenso y decide las leyes que deberá respetar.

Retomo ahora el texto interrumpido por un apagón que ha dejado a oscuras a la casi totalidad del país. Releo lo escrito y temo haber sobredimensionado el rol de las ideas normativas en la política. Quizás este cuaderno me ha persuadido de que la política no se reduce a cómo dominar y consuma en un árido juego por el poder, sino que se puede ejercer como poder de la razón, la libertad y el autogobierno. En este punto me tranquiliza no ser el único presentador de este libro y finalizo con la esperanza de que la revista Espacio Laical siga contribuyendo a hacernos sentir más politizados y decididos a participar en el alumbramiento de nuestra Casa.

 


* Texto leído el 10 de septiembre en el Centro Cultural Padre Félix Varela para presentar Por un consenso para la democracia. Compilación de Lenier González Medero. Editorial Espacio Laical, La Habana, Cuba, 2012.