Foto: Robert Mapplethorpe

Por: Roberto Viña

 

Mi vida resulta aún más interesante que mis fotografías.

ROBERT MAPPLETHORPE
en una entrevista a Patricia Morrisroe.

 

CANTANTE. No se es enfant terrible toda la vida.

Fabián Suárez. CABALLOS

1.

 

El tiempo ha demostrado que existen vidas anodinas y otras plenas de un esfuerzo casi obsesivo por trascender su época, tiempo, su inmediatez y puerilidad. Existen vidas para ser leídas, y otras para ser representadas, vivencias que inquietan a quienes la atisban por el vigor con fueron ejecutadas, y otras que irremediablemente deben seguirse viviendo en una prolongación atemporal. La de Robert Mapplethorpe fue una de ellas, y dio testimonio de una época convulsa, de muchos cambios en los que los paradigmas sufrieron grandes modificaciones y detracciones, y del cual emergieron nuevos referentes culturales. En las palabras de Patricia Morrisroe en la biografía del fotógrafo norteamericano, quizás quedan mejor esbozadas al caracterizar a este artista a partir de sus contradicciones,

 

“[Mapplethorpe] Llegó a ser célebre por la franqueza liberadora de sus fotografías gay sadomasoquistas, pero le aterrorizaba que sus padres pudieran descubrir que era homosexual. Fue un maestro de la fotografía en blanco y negro, pero no había nada de monocromático en él. Llevó una existencia tenebrosa, gris y moralmente ambigua, y su muerte señaló el ocaso de una era.”[1]

 

La vida de Robert Mapplethorpe es el leit motiv de la biografía homónima que firma Patricia Morrisroe, escritora y periodista estadounidense que entra al mundo del fotógrafo por una cuestión causal en un momento donde su periódico solicitaba una entrevista del célebre y escandaloso creador en el año 1983. Este encuentro a criterio de la biógrafa afianzó luego, cerca de 1988, el trabajo biográfico de cuatrocientas páginas que reúne el volumen, datos que fueron recogidos durante dieciséis entrevistas que le diera Mapplethorpe a la autora estadounidense antes de morir en marzo de 1989 producto del SIDA. Un bosquejo por su infancia, años de adolescencia en el Cuerpo de Adiestramiento de Oficiales de Reserva, una inmersión en las cuestiones religiosas, sexuales, de filiaciones artísticas esbozadas a todo lo largo de la carrera de Robert Mapplethorpe en sus cuarenta y tres años de vida, resumen el trabajo publicado por Ediciones Circe para un público hispano hablante en 1996. Sin embargo, Caballos, pieza teatral de Fabián Suárez que le mereciera el Premio de la Ciudad de Holguín 2008 en el género, no es precisamente una biografía, no es precisamente una reproducción de la vida del fotógrafo norteamericano más vanguardista de su generación. No lo es, y también lo es. Y ello es posible, porque en esta pieza de casi cincuenta páginas queda condensada toda la amalgama del espíritu del fotógrafo, de sus acompañantes, la irreverencia de la actitud ante una sociedad y unos códigos obsoletos. Caballos no pretende recrearse en la plenitud de la vida de Mapplethorpe, más bien expone a manera de pieza íntima los devaneos que persiguieron al artista durante su vida, omisiones, errores, sus egoísmos pero también sus miedos e incondicionalidades frente a un mundo underground neoyorkino que comenzaba a recibir los azotes de sus excesos en los traumas primigenios que expuso el SIDA.

 

CANTANTE: La portada de mi primer disco. Es sólo una foto, una foto simple, sencilla y sin pretensiones. Una foto de lo que soy y lo que quiero.[2]

Caballos atraviesa un momento particular de la vida de Mapplethorpe, un evento que consolidaría su forma de hacer arte como una expresión que puede alejarse, o de cierto modo, sutilizar esa inquietud explícita que ante lo sexual tenía el artista. Es el momento en que realiza el retrato para la portada del primer disco de su amante y musa, la cantante de rock Patti Smith, titulado Horses (Caballos).

Con una historia en común que se remonta a los inicios de una relación en la zona más volátil en cuestiones de contracultura y predominio liberal de Nueva York, ambos creadores hallaron en sí mismos la complementación del otro y simbolizaron en sus respectivas disciplinas exponentes de la más radical expresión. Con referentes constantes como el poeta francés Arthur Rimbaud, la seudo cultura hippie, el poeta Jim Carroll, la música psicodélica, el rock and roll, así como la complicidad de Andy Warhol, o Mick Jagger, ambos artistas quedaron fuertemente prendados al conocerse, y de esa conexión se apodera Fabián Suárez para su pieza. Será precisamente esta fotografía en blanco y negro, habitual búsqueda de Mapplethorpe con el juego de contrastes e iluminación, la que anuncie el tiempo del acontecer en la obra, y dé título al texto. Fotograma con el que el artista alcanzaría una difusión a nivel nacional sin precedentes, tanto que años después la célebre revista Rolling Stone, en su listado de las “Cien mejores cubiertas de todos los tiempos”, ubicara a Horses en el puesto veintiséis.

Foto tomada de: Juventud Rebelde

Caballos, la obra de Fabián Suárez, entonces ubica su historia en varios momentos de la vida de Mapplethorpe recogida en su biografía, pero sobre todo se recrea en el día preciso en que ambos Mapplethorpe y Smith, fueran hasta el loft del mecenas y amante del primero, Sam Wagstaff para realizar esta foto, en un momento donde este último batallaba con su enfermedad del SIDA. El detonante que se genera en este encuentro en apariencia surge como casualidad, pero con el desarrollo de la obra, entendemos que es el preámbulo de una despedida que une a estos seres en constante escisión. Sin recurrir a la historia de un triángulo amoroso típico o a la usanza de las nuevas propuestas, Caballos, es un drama de cuatro (pas de quatre) que solamente pueden ser a través de uno; un drama en que Mapplethorpe desde su aparente indeterminación como Fotográfo articula los hilos emocionales de los demás personajes; sin que por ello deba acarrear el peso de la acción dramática del texto, del cual el Coleccionista es protagonista absoluto. Como en la biografía, y al parecer en la vida misma, el influjo del artista sobre estas personas resulta ineludible a la hora de exponer sus trabajos artísticos, pero también a la hora de entenderlos y conocerlos. Mapplethorpe en su eterno egocentrismo hace de los demás personajes un espejismo de sí, y esto el joven autor cubano lo explota hasta el máximo. Con monólogos de una riqueza expresiva y lírica, así como de una franqueza sin tapujos, los personajes de Caballos, sólo pueden en su acontecer rendirle pleitesía a una persona, a ese Fotógrafo que entiende y padece el dolor del Coleccionista, envidia el cuerpo joven y apetecible del Muchacho, y siente el amor y el desespero de la Cantante, un personaje que al erigirse como centro padece en carne propia, o más bien, en “letra” propia, los parlamentos y deseos de los demás.

En Caballos la presentación de los personajes parece anular la identidad, más cuando la enunciación está dada a partir del oficio de cada uno, o el carácter genérico, en el caso específico del Muchacho. Un Fotógrafo, una Cantante y un Coleccionista parecen decírnoslos todo, pero también nos esconde su esencia. Mediante esta indeterminación, que no creo casual para el texto, llegamos a un reconocimiento de los personajes paulatinamente, en un crescendo que a primera vista puede resultar un tanto escurridizo, un nombre aquí, un apellido allá, pero de los cuales es necesario el referente. A diferencia de otras piezas publicadas del autor, el trabajo con personajes reales es de un tratamiento nuevo en Caballos, sin un esquema que nos remite a un antecedente preciso, es apreciable la intención de no mostrarnos las cartas de manera fácil, de darnos las respuestas, sino que apoyados en esta, su visión particular de los hechos, seamos capaces de construir nuestra propia historia. ¿Quiénes son estos personajes? ¿De dónde proceden sus manías y temores? Solamente entendiendo el referente es que podemos ir llenando los espacios en blanco que Fabián Suárez deja a lo largo de la pieza. Y esto, no significa una carencia o un error dramatúrgico, nada más alejado, sino una intención de que indaguemos como lectores un poco más en lo vivencial, que escapa a esta escritura escénica. La biografía de Patricia Morrisroe es un buen punto de partida. En sus capítulos podemos ir pesquisando cada uno de esos eventos que se narra en la trama teatral y también encontrar nuevos elementos que apoyan no sólo las decisiones de los personajes ante situaciones límites, sino los resortes que movilizan cada uno de sus accionares. Estos personajes adquieren piel y sangre a través de la voz que les dota el autor, puesto que es de esta manera en que incursionamos en sus psicologías fragmentadas, muy emparentada a ratos con la persona real de la cual procede. Recreaciones o no, calcos al pie de la letra o máscaras difuminadas en el imaginario de Fabián Suárez, los personajes de Caballos presentan una cualidad indispensable, y es que inequívocamente son criaturas de escena.

 

(Continuará)

 


[1] Patricia Morrisroe. Robert Mapplethorpe. Una biografía. Circe Ediciones S.A, Barcelona, España, 1996, pp. 10.

[2] Fabián Suárez. Caballos, Ediciones Holguín, Cuba, 2009, pp. 24. (Nota del Autor: El resto de los ejemplos enunciados a lo largo del texto procederán de esta misma referencia.)