Por: Ahmel Echevarría

El ingeniero y escritor cubano Antonio José Ponte se confesaba ruinólogo. No es hermosa la palabra, para nosotros los cubanos podría generar confusiones. Pero hablamos de arte, de ruinas. ¿Pero qué es un ruinólogo? Hay en una zona de los textos de Ponte y la obra del artista de la plástica César Towie (La Habana, 1971) un detalle que los acerca, los hace, digamos, dialogar; ese elemento en común no es otro que el interés por aquellos inmuebles de la ciudad —nuestra ciudad—, en donde el inexorable paso del tiempo, la acción del tórrido sol del Trópico, aguaceros, la abulia y precariedad han ido modelando el nuevo rostro de La Habana.

César Towie —o El Towie, así le llamamos sus amigos— ha apostado por pinceles, cartulinas, acuarelas; su interés no es otro que cizallar espacios urbanos en los cuales, durante siglos, ha latido la vida y ha pasado como una tromba la muerte. La vida y la muerte allí no tienen los graves acordes de una sinfonía empeñada en aprehender la Historia Nacional, sino las sencillas notas de un bolero, la misa cantada a un difunto, una rumba o la nana arrullada a un bebé, notas como esquirlas desprendidas del devenir de un individuo y su familia en el barrio, la casa.

No son la ira, la inconformidad, la denuncia los vectores que marcan el conjunto de acuarelas En el fondo hay luz. El propio título de la serie (y el de cada acuarela) revela las intenciones del Towie: develar la intimidad, la vida en esos espacios urbanos en donde polvo y humedad, horcones empotrados entre suelo y techo, grietas como sierpes en paredes y columnas, vitrales rotos, maderas carcomidas y el infinito rumor del agua escapada del caño es paisaje común. Vida precaria, dura, pero vida. Vida también marcada por la felicidad. Allí conviven delito y deleite, deseo y dolor, los sonidos del cuerpo y el ruido citadino, las frases de amor susurradas en una habitación y el vocerío indomable en el que se mezclan pregones, bromas, ofensas. Vida bien sazonada con pasiones contrarias. El ocre de las paredes, la penumbra en pasillos, habitaciones y escaleras alternan con el hachazo de luz, la cuña azul del cielo; de la penumbra a la claridad, del claustro al espacio abierto, esa es la paleta de colores elegida.

Towie se ha aventurado a recorrer esos paisajes de la ciudad y el alma humana para, pinceles y acuarelas mediante, mostrarle esta singular colección al que habita y viene de la periferia o de otros barrios de la Capital menos erosionados por el tiempo, la desidia y los elementos (porque ya ninguno escapa de su efecto devastador), incluso será singular para el que haya nacido o habite en un barrio o solar como los cizallados por el Towie, porque el color de estas acuarelas no es el falso color local de las imágenes promocionales diseñadas para consumidores extranjeros o cubanos, en donde aparecen mujeres y hombres de blanco y collares, viejos autos americanos, negritos flacos y felices con el torso desnudo, pioneros y mulatas. La Capital de Todos los Cubanos es eso y más; el plus no es una pequeña parte, no son dos o tres ingredientes, es toda una fuerza de actuar, pasión, terquedad, una inconformidad visible, sonora, palpable; ese plus es lo que verdaderamente le importa a César Towie: una luz que está en los pasillos o habitaciones de solares, albergues, edificios en estática milagrosa, en los bolsillos con pocos ingresos, en la mirada de quienes habitan allí. Esa luz es la otra acuarela que yace bajo cada uno de los cuadros de la serie En el fondo hay luz.

 

* Palabras leídas en la inauguración de la exposición personal En el fondo hay luz de César Towie