Foto tomada por: Alberto Borrego

Por: Ahmel Echevarría

Ha transcurrido dos décadas desde que escuché, en una radiocasetera, el disco El amor después del amor. Soy una suerte de raro melómano, mi gusto por la música está asociado a momentos de mi devenir en este archipiélago —ombligo del mundo para muchos—, mi melomanía es la necesidad de ir juntando canciones o discos para hacer mi banda sonora: la banda sonora de mi vida.

Fito, o buena parte de los discos de Fito Páez, se suceden en ese fondo musical cuyas imágenes fueron cizalladas a lo largo y estrecho del país: Canasí y una banda de amigos (nos bastaba un poco de alcohol, guitarra, el arrecife y algo de comida), Topes de Collantes (viejos y nuevos amigos), la CUJAE, los balseros (detrás el litoral, los familiares en el dienteperro o nadando al lado de las balsas), el Cristo de Casablanca y una mujer todo silencio, la Sierra Maestra y la tortura que es el descenso, una de mis dos peregrinaciones a El Rincón, o caminar bajo la arcada del cementerio de Colón y la exhumación de los restos de mi abuela… Esa suma de intensidades no es solo una conjunción de paisajes y música archivada en mi memoria, se alternan rostros de amigos, parejas (y de algunos personajes a los que bien hubiera invitado a un duelo a muerte o a caminar por el borde de un desfiladero); algunos apostaron por hacer la vida fuera de Cuba, es la música (también los e-mail y chats) la que los trae de vuelta.

El disco El amor después del amor, o buena parte de los discos de Fito Páez, es la suerte de misa espiritual con la que puedo convocarlos. En las fiestas cantábamos con Fito, bailábamos con él, y con él soñábamos y delinquíamos (reacción en cadena en la que poníamos el dedo en la llaga, hundirlo en la úlcera, formular aquellas preguntas de las cuales no sabíamos de antemano la respuesta, pero que nos ayudaba a entender aquella realidad que nos acorralaba; era el delito, era también el deleite). Y ahora el argentino está en Cuba, se presenta en el Karl Marx veinte años después de habernos sacudido con un álbum increíble de principio a fin, veinte años después del amor.

Es diciembre, es el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Esta vez los cines de la Avenida 23 no estarán marcados, para mí, por la ausencia de esos amigos que han hecho su vida en Berlín, el DF, Londres, Barcelona, Madrid, Sao Paulo, Almería… Fito los traerá de vuelta. La misa espiritual. Será grato el encuentro. Volveremos a cantar con él, bailar con él, a soñar, delinquir, a poner el dedo en la llaga, hundirlo otra vez en la úlcera.