De la serie Un cuaderno de viajes

Por: Dazra Novak

Hay lugares que marcan la vida del adolescente, o al revés. Lugares donde se da curso a locuras y desafueros que quedan en la memoria como eco de un tiempo que ya no volverá. Hay puntos en la geografía que marcan ese no declarado avance hacia lo prohibido. Lo prohibido, tan delicioso en su aparente imposibilidad, nos llevó tantas veces hasta la playita, aún cuando nuestros padres no nos daban permiso y ni siquiera imaginaban que alguien siempre trajo una botella de ron, y las trusas estaban escondidas bajo el uniforme, y nos ganaba ese salto en el estómago ante la remota posibilidad de que el adolescente de nuestros sueños se decidiera por fin a besarnos allí, para salir corriendo por el susto del beso en aquel breve entramado de callecitas sobre el arrecife, con bancos largos donde puede uno tenderse a tomar el sol o a mirar las estrellas. Nunca se advirtió el peligro al romper las olas, un tanto agresivas, en el inhóspito dienteperro plagado de erizos y moluscos, porque cuando se es adolescente no se toman en cuenta este tipo de cosas, porque cuando se deja de ser adolescente ya no se va casi nunca a la Playita de 16, salvo algunas madrugadas donde el alcohol lo sacude a uno de tal manera que hasta los recuerdos caen de los bolsillos, y uno se decide no solo a llegar hasta allí sino que, en una rapto de energías renovadas, hace uno la campana para probar que todavía nos queda un poco de vida dentro. La primera sale a medias, por el miedo a partirnos la cabeza, un brazo o una costilla, pero en un segundo intento ya no parece imposible, sino que llega la tercera campana con las piernas bien abiertas y los que vienen con nosotros aplauden, chiflan, gritan. Es más, al otro día nos dolerán todos los huesos, pero de seguro nos resultará más bella la vida.

Foto tomada por: Beatriz Verde Limón