Por: Jorge Enrique Lage

Buenas noticias: una nueva editorial independiente se ha lanzado a publicar títulos en español en los Estados Unidos. La newyorkina Sudaquia Editores abre catálogo con un puñado de autores latinoamericanos, entre ellos el chileno Francisco Díaz Klaassen —autor de una loquísima Antología del nuevo cuento chileno (2009), donde todos los antologados eran él mismo— y dos cubanos: Enrisco y Osdany Morales. El primero es bien conocido dentro y fuera de la isla; seguir desconociendo al segundo es, a partir de ahora, un error.

Papyrus es el título de Osdany Morales, nacido en Nueva Paz en 1981 y actualmente vecino de Brooklyn, su segundo libro de ficción luego de Minuciosas puertas estrechas (Ediciones Unión, 2007) y el volumen con el que obtuvo el año pasado el Premio Alejo Carpentier en el género de cuento. De modo que el pasado mes de noviembre asistimos a una interesante coincidencia: Papyrus se presentaba en La Habana, junto con los otros premios Carpentier, en su edición de Letras Cubanas, y al mismo tiempo aparecía en el stand de Sudaquia de la más reciente Feria Internacional del Libro de Miami.

Además de la ubicuidad, una de las cosas que primero llaman la atención en este libro es la diversidad de los cuentos reunidos, que son siete:

Un cuento de atmósfera gótica, atmósfera tejida con el rigor de un sudario medieval. La historia de un joven amanuense que descubre la caligrafía del deseo y los trazos que conectan escritura y poder, escritura y venganza. (“El copista.”)

Un cuento fantástico, de magia, de aventuras, un retablo de monstruos y maravillas a la sombra de los Alpes, en aldeas y caminos de 1789. El protagonista dice: “Si pudiera añadir algunas gotas de ironía extemporánea diría que, en aquellos tiempos, la era estaba pariendo un corazón.” (“Tempo.”)

Una metaficción, todo un regodeo geométrico por las distintas superficies de una trama con escritor, prostituta y crimen, ambientada en San Petersburgo, o mejor dicho, ambientada en Dostoievsky. (“A propósito de la nieve derretida.”)

Un cuento de suspenso y misterio que nos conduce, en un sótano de Rio de Janeiro, al más puro horror sobrenatural. También es una pesadilla sobre la lectura, sobre no entender prácticamente nada. (“Declaración de amor eterno a Jim Jarmusch.”)

Un falso ensayo no tan falso, o el equivalente en reseña literaria al mockumentary, donde el autor, examinando con agudeza tres muestras de tres jóvenes escritores convertidos en personajes, destila una suave burla sobre la más reciente generación de narradores habaneros, vistos aquí en su veta más naif, esnob y desubicada. (“El club de la pelea.”)

Una especie de crónica llena de ensoñaciones y filias pop, un cuento que podría pasar por columna de una revista de tendencias. Bob Dylan, el anime, Scarlett Johansson, la espesa noche de Tokio, tan cargada de signos. (“Perdido en la traducción.”)

Y, finalmente, el texto-performance, un cuento en blanco: páginas vacías a continuación del título. No se tarda en comprender que esta última entrada del índice remite al propio libro: es un retorno al principio, o si se quiere, a la materialidad del volumen, de la propia escritura. (“Papyrus.”)

Si Papyrus fuera únicamente este conjunto, su lectura ya dejaría un saldo poco habitual: como si cada relato exhibiera distinta fuente tipográfica. Como si el autor hubiera concebido el libro como espectáculo, one-man-show, donde lo importante no son las piezas individuales sino el repertorio, el abanico de posibilidades retóricas.

Vean todo lo que soy capaz de hacer, parece decirnos Osdany Morales, cambiando el registro (y el nivel de exposición a la ironía) de texto en texto. ¿Vieron esta forma, este estilo, estas referencias? Ahora vean esto otro.

Pero Papyrus no es sólo los relatos mencionados: entre ellos se disponen fragmentos narrativos sueltos, sin título. Apuntes, viñetas, historias condensadas. Una secuencia que corre paralela a los relatos, discute con éstos y configura una especie de novela o proyecto novelesco. (Por momentos da la impresión de que el autor reunió los relatos con el único objetivo de escribir en el espacio entre ellos: tal vez no hay otro modo de evitar el libro que, de todas formas, se termina haciendo.)

Esta novela fragmentada, discontinua, nos habla de un viaje. “Yo era un joven escritor y quería viajar”, nos dice el protagonista recordando a Jack Kerouac. Sus textos son entonces como las postales del viajero, extrañas y dispersas postales.

Londres, Estambul, Karachi. Un mall en Shanghai. Una taberna en Wellington. Una gasolinera en las afueras de El Paso. Una tienda de bolígrafos en Montevideo. Los restos de una fábrica alemana, en Munich. Una sala de juegos en Bombay, “en una calle estrecha y mal iluminada como suelen ser las calles de las novelas baratas”.

En estos y otros sitios, entran y salen personajes, se esbozan nuevos relatos, se acumulan historias. Historias que se contestan unas a otras, como para responder a un desafío incesante. Historias que saltan de cualquier agujero, ventanas que se abren y parpadean y luego, sin más, se minimizan, desaparecen. La idea parece ser que la maquinaria narrativa no se detenga, no se demore en ningún punto. Al viaje como escenario se superpone la idea de la ficción como viaje: la narración en modo metástasis, el movimiento antes que el anclaje.

“Si el pasado siglo entregó su literatura a la exploración del tiempo” —le dice al joven escritor una anciana que contempla un paisaje de escombros— “viene siendo hora de que la de éste se anuncie como una búsqueda del espacio.” (La novela fabula sus propios comentarios.) “Algo parecido a la escritura automática —le dice una stripper a punto de salir a escena—, y que pudiera ser llamado cariñosamente la ficción automática.” (Más adelante, en un tren, encontraremos un pasajero que lee a César Aira.)

Los automatismos del viaje. Literatura que explora la improvisación, la deriva, el trayecto inestable, la ausencia de destino.

Papyrus, entonces, escenifica y pone entre tapa y contratapa el encuentro entre dos modos de narrar. El formato cuento, con sus límites más o menos renovables, y el afuera de los cuentos, el espacio intersticial donde la ficción prolifera de una manera más abierta, horizontal, fluida, con la posibilidad de establecer otras conexiones.

En una entrevista de hace unos meses, con motivo del Premio Carpentier de cuento, el autor confesaba su atracción por la novela negra: “Es el bar de mala muerte donde confluyen casi todos los géneros”. Papyrus es también libro de variadas confluencias. Hay un momento en que el narrador se encuentra con un hombre sin piernas en el metro ruso, y éste le menciona tres modelos: el coleccionista, el voyeur y el francotirador.

“Los tres son figuras obsesivas, pero el matiz de la obsesión varía de uno a otro. El primero rescata un entorno cuyo centro es él mismo, funda otra realidad desde su preferencia para atrincherarse en un sistema que le ofrece consistencia y duración. Instaura su propia historia circular. El segundo, sediento de relatos, es un personaje voraz, famélico. Mutila su propia existencia para que el mundo que desea admirar, sea éste cual sea, exista. El tercero es una partícula en el aire, pone su ojo en el vórtice del conflicto y lo desarma o lo ocasiona, pero está francamente desinteresado. Es un narrador nihilista que motiva la historia y la abandona.”

Osdany Morales nos extiende tarjeta de presentación. Es, como mínimo, tres escritores en uno.

Foto tomada de: Juventud Rebelde