(Conversación con Omar Pérez)

Por: Daniel Díaz Mantilla

DDM: Omar, tú llevas años escribiendo, leyendo, traduciendo y reflexionando en torno a la poesía. Según tu experiencia, ¿qué ofrece la poesía a sus lectores y qué lugar ocupa hoy en la vida de las personas?

OP: A los lectores les ofrece entretenimiento de calidad. A ese nivel la poesía es un entretenimiento, un entretenimiento del espíritu si se quiere, pero no deja de ser un mero entretenimiento. Ahora, para los lectores que se dan cuenta de que la poesía es una salida a la crisis, una salida del cerco mental, de la construcción mental, de todas las murallas que, como una ciudad, rodean el espacio de la mente humana… no basta con decir que la poesía es anterior a ese cerco mental, que de hecho lo es. Es parte de la crisis y es salida a la crisis al mismo tiempo. Es eso que tú decías, gozo de la contradicción en el devenir.

Una vez que aquel lector de poesía adquirió el conocimiento de que eso puede ser una salida a la crisis, a su crisis, da un paso más en dirección a la realidad, más allá incluso del lenguaje, y empieza a investigar otras acciones con el cuerpo, como por ejemplo caminar o cantar, meditar… en cualquier dirección, de cualquier manera, sin regla fija. Descubre entonces que está en la poesía, que ya está en ese territorio y que dejó atrás los muros mentales. ¿Ahora qué puede hacer? Regresar, traer la noticia de que hay una realidad más allá de los muros mentales, que él no ha ido muy lejos pero sabe que hay un territorio más allá de los muros mentales. Como se decía antes respecto a lo que hoy en día es América. Hay personas que decían: “No, no existe, el mundo se acabó”. Otros decían: “Hay una realidad más allá”. Se llama X, la pueden llamar de catorce mil maneras: Xipango, China, la India, las Indias… En esa región estamos nosotros ahora, geográficamente hablando, en esa región que no existía, y somos salidos de la no existencia, del vacío. En ese sentido somos una creación, una generación de la mente humana.

DDM: Estás hablando de nosotros en un lugar que no existía desde el punto de vista del europeo que vino y descubrió América, ¿no?

OP: Ese europeo que vino y descubrió América es un evento de la mente humana. Aunque crea que es solo un europeo que vino y descubrió América y se proclame así, él es mucho más que eso, o mucho menos, según el grado de importancia personal que se le adscriba. En el fondo no es más que una célula, como somos nosotros ahora. Puede ser una célula consciente o una célula inconsciente, en estado de sueño, de duermevela. Se dice que es más difícil despertar a uno que se hace el dormido que a uno que está dormido. El ser humano juega a hacerse el dormido. Es muy pequeña la cifra de seres humanos verdaderamente dormidos, incluso los seres humanos que están bajo el efecto de enfermedades severas del cerebro no están dormidos, se comunican, están vivos, mantienen un grado quién sabe si mínimo o máximo de la conciencia. Entonces, imagínate quien camina, trabaja, hace poesía, ¿no tendrá un grado de conciencia paralelo a la realidad, es decir, igual a la realidad? ¿No será capaz de generar realidad también, incluso al nivel más íntimo, más mínimo, que es la casa, donde se preparan las estrategias del vivir? Esa es tu íntima meditación con la vida a través de la poesía, y en tu mínimo entorno creas las condiciones reales para meditar, para soñar, para lograr todo aquello que quieras en tu interior, sin abandonar el equilibrio de la relación externa, lo que tú llamas el mundo exterior, o sencillamente el mundo.

DDM: Hay algo que me resulta muy interesante en tu trabajo más reciente, esa fusión que haces entre poesía y música. Partiendo de que empezaste a ser conocido como poeta y después has realizado obras como Word, me gustaría saber cómo te animaste a hacerlo, qué hay detrás de ese movimiento hacia la música.

OP: Ahí hay una serie de pasos que se superponen. En la vida de una persona es complicado y siempre espurio tratar de decir “el primer paso fue este o aquel”. Hacía canciones antes de hacer los poemas de Algo de lo sagrado. Por otra parte, de niño hacía poemas. La percusión fue un mundo velado para mí, hasta que llegué a casa de mi madrina de santo, que cultivaba propiamente el bembé de Santiago de Cuba, mezclado con yoruba y palo, un bembé tocado con tumbadoras convencionales, con una tambora, campanas, etcétera. Y entonces decidí a hacerme mis cajones. Ahí se rompió el velo de mi relación con la música.

Es un tema complejo y al mismo tiempo cómico, que uno se ponga o se quita distintivos. “Estoy haciendo música” y te metes dentro de un canal social, “estoy haciendo poesía” y te metes en otro. Nada de eso interesa, sino llegar al punto en el cual entre poema y canción no existe ninguna diferencia. Desde luego, no siempre sucede así, pero sucede, y cuando sucede, te das cuenta de que no hay diferencia. En el demo Word, que son poemas de Crítica de la razón puta, se utiliza la célula rítmica que se usa en el reguetón. El reguetón usa un ritmo básico que existe en varias culturas, no es un ritmo, es un uso comercial de una célula rítmica; uso esa célula, pongo el acento en el cajón a la inversa de donde se pone en el reguetón, y le meto un mensaje filosófico para que la mente funcione en un estado de comprensión paradójica.

La música debería enseñarse en las escuelas. Desde que los niños empiezan a estudiar deberían relacionarse con la música, sin intención competitiva o profesional, sino formativa. La música, como el juego, contribuye a formar al individuo de manera plena; así como el deporte y la música, como profesiones mercantiles, contribuyen a deformar al individuo de manera plena. Cuando el juego se convierte en deporte, cuando la música se convierte en mercancía, se pervierte el sentido que tienen como alimento del animal que somos. El juego deja de ser juego, se convierte en industria; la música deja de ser música, se convierte en industria.

El hecho de recuperar esas fuentes rítmicas, melódicas, sin pretensión industrial es –como se dice en la jerga sociocultural– un “rescate” de una tradición al nivel más hondo.

DDM: Decías que era algo cómico decir “soy poeta” o “soy músico”. Imagino que sientas una especie de presión entre lo que haces y lo que se espera de ti. Supongo, porque a muchos nos pasa. ¿Cómo te relacionas con esa imagen que se tiene de lo que es o debe ser el poeta, cómo lidias con esas expectativas y juicios sobre el creador?

OP: Esas expectativas suelen ser ficticias. Los que las generan no son siempre conscientes de lo que están generando, se montan en una corriente, en una ola de supuestos, de prejuicios, consideraciones casi siempre ajenas al hecho creativo: mercantiles, culturales entre comillas, sociales, políticas, ideológicas… Hoy, por ejemplo, se puede ver una tentación muy fuerte a generar teoría antes de generar creación, parece una exigencia de la industria cultural.

DDM: También se da el caso de personas, teóricos e investigadores, que un día deciden hacer creaciones más artísticas. Margarita Mateo, después de varias obras ensayísticas, escribió una novela –y una muy buena novela. Quizás el asunto está en el prestigio que uno obtendría como creador, el prestigio como medio para lograr solvencia económica o cualquier otra cosa que alguien pueda ambicionar.

OP: El prestigio es un círculo vicioso que no genera nada válido en términos de cultura. Cuando digo cultura no hablo de esa cultura entre comillas, como la artístico-literaria, me refiero a lo que funda al propio ser humano dentro de su entorno, que lo hace consciente del papel a jugar respecto a todas las demás existencias. Eso es cultura; no generar problemas, en todo caso, resolver problemas; si no hay problemas que resolver, la cultura más sólida que puede existir es la del goce y la comprensión de la vida. La filosofía se ha quedado atrás en el camino de la cultura, porque se ha dedicado durante siglos a generar problemas intelectuales ficticios, y no a resolver problemas vitales. Al punto de que la filosofía ha llegado a ser prácticamente una lengua muerta.

 

Foto tomada de: chesafterlife.com


(Continuará)