(Conversación con Omar Pérez)

Por: Daniel Díaz Mantilla

DDM: A propósito de la filosofía, hay algo que quería preguntarte en relación con Crítica de la razón puta, que juega con el título de Kant y con los calificativos que se le dan a razón. Quería concentrarme en la razón como categoría filosófica, como herramienta que el ser humano emplea –de un modo sano a veces y torcido otras– para comprender, ya que por al menos parte de lo que existe es comprensible desde el punto de vista racional. Cuando le pones el calificativo de puta, ¿qué estás tratando de mostrar sobre la razón?

OP: Mostrar a la razón como lo que corrientemente es: una muleta, un utensilio que te ayuda a caminar y que al mismo tiempo es un estorbo. La razón puta no tiene ninguna relación con la verdad. ¿Qué es la verdad respecto al razonamiento filosófico? Si la verdad no es en sí misma un proceso, no es más que una muleta o, jugando con las palabras, un amuleto que se lleva para protegerse contra los males del mundo. De ahí lo cómico del asunto: el hombre intenta conocerse a sí mismo mediante máscaras, máscaras que se superponen, tantas que prácticamente no queda tiempo para quitarse una y ponerse otra. El rostro original queda velado por un desfile de máscaras.

La poesía juega un papel en el develamiento de ese rostro original del individuo, que lo conecta con el rostro original de la existencia, incluyendo la muerte. No se puede separar la vida de la muerte, ni al espíritu de la materia, sin desencadenar una serie de errores ideológicos que hacen a nuestra civilización perennemente incompleta, una civilización de muletas, de sillas de rueda cada vez más sofisticadas.

 

DDM: Con la muerte pasa algo curioso. Para mucha gente es un tabú, una fobia. Hay actitudes diversas, y explicaciones a veces enfáticas, rodeadas de tremenda autoridad. La muerte es uno de esos vórtices en torno a los cuales gira la creación humana, la creación de estilos de vida tanto como la creación material, es un proceso que forma parte del proceso mayor de la vida, y a partir de cierto momento, cuando desaparecen del cuerpo los signos constatables físicamente, empieza el misterio. En estos tiempos, el cuerpo, lo físico, es tan importante que uno tiende a creer “soy mi cuerpo”, y cuando el cuerpo muere se supone que todo termina. Las religiones ofrecen maneras de enfrentarse a eso; las filosofías también. Tú, ¿cómo ves ese fenómeno? ¿Qué es para ti la muerte?

OP: Es parte del proceso. Si el individuo nunca llegó a concebir su cuerpo en unidad con su mente, me atrevo a pensar que cuando muera el cuerpo físico, el individuo va a desaparecer con rapidez. Como decía Tarkovski en una frase que usaba para definir la función de la poesía: hay que roturar el ser para la muerte. Si el individuo no roturó el ser para la muerte, es posible que ese ser se corrompa tan rápido como el cuerpo. Si dedicó su vida consciente a cultivar esa unidad, es probable que sobreviva a la muerte. No hablo de la obra poética, de la inmortalidad del verso, de la canción. Un individuo puede educar su conciencia de muchas maneras sin haber hecho jamás un verso, una canción, un cuadro, o un edificio.

Esa individualidad sobrepasa a la muerte. Tal vez en la medida en que deja de ser unidad y se remite a la fuente. ¿Para qué?; mientras estamos vivos le damos una importancia descomunal al para qué, al factor utilitario de las acciones. Todo debe tener un sentido según para qué sirve. Hemos perdido mucho tiempo tratando de definir esa función; a pesar de que en el siglo pasado Einstein y otros se dedicaron a la cuestión de la relatividad y a los temas de física cuántica, que a fin de cuentas –como lo muestra Capra en El tao de la física– son temas tratados ya por la filosofía y la poesía antiguas: somos solo en relación con otra cosa, el ser es absolutamente vacío de sentido y solo es en relación con otras cosas que también son; es la idea del vacío generador.

En la poesía cubana dos personas se ocuparon de eso con intensidad, Martí y Lezama, y, más allá de cualquier moda, fijaron su atención en las llamadas filosofías orientales. Hoy la separación entre Oriente y Occidente pasa por ingenua, ya hay una suficiente saturación de conocimientos como para que no exista esa división entre pensamiento occidental y oriental.

DDM: Incluso en épocas en que podía haber tenido algún sentido, había otras regiones del mundo que ofrecían soluciones, respuestas, preguntas… Y esas regiones siguen siendo excluidas entre las corrientes fundamentales del pensamiento. Se ignora el pensamiento generado por los pueblos originarios de América, de África y de las tierras más hacia el norte de Europa y de Asia. Hay mucho más que Occidente y Oriente, esa dicotomía fue pensada según un estrecho patrón de dualidad.

OP: La dualidad es también una muleta, nos puede servir para dar los primeros pasos en el conocimiento. Cuando los órganos de la conciencia se han desarrollado no hay más que investigar en la dirección de la dualidad. Sí No Sí No 01 01. Propondría incluso una moratoria con respecto a la curiosidad humana, porque hay demasiado material científico –e incluyo a la poesía y a la filosofía.

Ciencia, poesía y filosofía son parte del mismo caudal de investigación humana. No hay por qué separar una cosa de la otra. Eso se hizo evidente en el siglo pasado, cuando se produjo el encuentro entre las ciencias más avanzadas, la física cuántica, y las religiones orientales, que es lo que narra Capra. Leibnitz coincide con el I Ching. Es decir, hemos pasado la etapa de la sorpresa pueril. Los científicos están llegando a las mismas conclusiones a que llegaron los poetas antiguos, los pensadores antiguos como Sócrates, como Khayyám, o los poetas náhuatl, o los poetas pigmeos.

Cuando hablas de ese sector preterido, pienso en África, un campo tan poco comprendido en su sabiduría, absorbido de manera folclórica. El período que se está viviendo en Cuba con la religión llamada afrocubana, pone en claro una relación no con la sabiduría de la naturaleza, sino con el pragmatismo citadino de raíz utilitaria. La religión cumple una función ancilar, no es instrumento para mirar en lontananza, para avizorar las posibilidades de la vida, sino que toda la vida y la naturaleza se ponen al servicio de las más ridículas aspiraciones, como viajar a Miami, conseguir un trabajo, una casa, un automóvil; no quiere decir que no haya que viajar a Miami o comprarse un auto, ni que tampoco existan individuos que comprendan el valor de esa sabiduría, pero en general hay una esquizofrenia entre religión y naturaleza y los que pagan, en primer término, son los otros animales. Inconscientes de que somos también animales, tratamos a los otros seres vivos como piezas de cambio en un proceso de consecución de fruslerías. Y no excluyo las fruslerías del conocimiento. Lo que se ve hoy, en el trato a los otros animales, es un pragmatismo brutal al estilo de la época de la plantación española.

DDM: Ante el intento de sobornar a esas deidades mediante cualquier tipo de sacrificio o ritual, para lograr propósitos nobles o innobles, siempre me he preguntado: si uno desea algo que no es lo mejor para sí mismo o para los demás, ¿por qué tienen que ceder, por qué tienen que complacernos? Creo que esa manera de entender la religión, en la práctica, se convierte en irrespeto hacia lo divino.

OP: Estoy de acuerdo contigo. No hay nada divino en lanzarle a Yemayá una ofrenda envuelta en una jaba de plástico.

Ahora bien, la cuestión de si esas divinidades se dejan sobornar, y hasta qué punto, es de orden teológico. Desde el punto de vista del funcionamiento mental, allí donde ponemos nuestro pensamiento se genera un caudal de acciones, ahí donde ponemos nuestra palabra se genera también un caudal de acciones. Con mayor fuerza aun, cuando hacemos se genera una dirección en la vida. Si escribes lo que piensas y lo publicas, se genera un karma específico. Si se sabe eso, ¿cómo es posible que se siga creyendo que necesariamente deba existir una respuesta sobrenatural a lo que pensamos, decimos o hacemos, cuando en realidad los protagonistas somos nosotros? Es mucho más fácil matar un chivo o una paloma, que trabajar con la agilidad, la pureza, el vuelo, la fuerza que existe dentro de cada uno de nosotros. A veces comprar algo que se tiene es más fácil que descubrirlo por sí mismo. Vivimos bajo el signo de lo mercantil. Casi todo lo que se hace, se hace con relación al mercado. Y la religión no es una excepción, mientras la religión siga formando parte del ciclo mercantil está garantizada la funcionalidad de la realidad tal como la conocemos.

DDM: Creo que el mercado nace de la necesidad de ser equitativos en el intercambio. No es posible sustraerse a esa necesidad, aunque la intención inicial de equidad se ha pervertido, dejando solo el deseo de sacar ventaja, de lucrar. Y ese es el caso también del mercado del saber, donde cada vez más se trata de impresionar, de convertir en espectáculo esa mercancía específica que es el conocimiento, adornándolo, banalizándolo, pensando en la ganancia más que en el valor o la veracidad de ese saber.

OP: En la trinidad del pensamiento popular, “salud, dinero y amor”, te das cuenta de hasta qué punto ha llegado la banalización, poner el dinero junto a la salud y el amor es como equiparar una republiquita con dos continentes. El amor en sí mismo es un universo; la salud, como buen funcionamiento de la vida, es también un universo. El dinero, frente a esos dos troncos vitales, no es más que un modo de relación. ¿Cómo concederle el mismo valor? Lo que se creó como medio se ha convertido en fin.

Hoy las mejores mentes van a trabajar en bien y en pos del dinero. Es evidente el eje de las universidades, los centros de poder financiero y los de poder político. Lo que nos trae de vuelta al tema de la razón puta, cómo la razón se hace mercenaria de un elemento simbólico, convirtiéndolo en el verdadero dios de la civilización, y poniendo a su servicio la salud y el amor.

 

Foto tomada de: shearsman.com


(Fin)