Por: Martín Mateo

I

En el canto noveno de La Odisea, se explica cómo algunos compañeros de Ulises comieron del loto «dulce como la miel» y así se olvidaron de volver a la patria: «Mas yo los llevé por la fuerza a las cóncavas naves y aunque lloraban los arrastré e hice atar debajo de los bancos».

Para quien nace en una isla, la patria suele ser un concepto sencillo. Patria, en principio, será todo lugar al que puedas ir caminando. El continente es distinto. A veces los que están del otro lado del río o la montaña ya no son los tuyos. En ocasiones el límite es más impreciso. Una marca, una garita, una alambrada.

Se dice que muchos chilenos de Santiago, cuando están fuera de su país, echan en falta sus cerros. Alzar la vista y tenerlos ahí. La liturgia oficial de las nostalgias habaneras se compone de una especie de viñeta que incluye el Malecón, El Morro, quizás una vista de La Rampa o La Habana Vieja.

Un amigo cubano que nació en un pueblo de campo jura que, quince años después de andar ciudades, lo que realmente extraña es caminar descalzo por la tierra roja del patio de su casa. Me pregunto si ese amigo es cubano, si es un pinareño de San Juan y Martínez, o si su verdadera patria es ese trozo de suelo por el que andaba sin zapatos.

Los pueblos que migran suelen tener formas especiales de nostalgia. Los gallegos la morriña que evoca lloviznas. En portugués una pegajosa saudade se esparce por Oporto. Supongo que los judíos tengan la suya y que quizás gitanos y beduinos no la necesiten.

La nostalgia puede ser irremediable. Un tipo desterrado a los dieciocho años dedica el resto de su vida a organizar la insurrección que emancipará a su pueblo. Regresa en un par de ocasiones, pocos meses de estadía. Escribe que tiene dos patrias: la patria perdida y la noche. A los 42 años desembarca por fin en su isla. Será la liberación definitiva. Un mes después muere de un disparo. Me pregunto otra vez qué es la patria. ¿Un vago recuerdo adolescente? ¿La idea de no dejarse gobernar por la ley de un rey lejano? ¿El amor ridículo a la yerba?

La nostalgia, claro está, incluye otros temas: personas —padres, madres, hermanos, un par de amigos, algún amor—, una manera de caminar, música, comida, una forma de llover. Colores —otro cielo tan azul como tu cielo—, el olor de una cocina. Incluso determinadas generaciones han conseguido imponer una poética de añoranzas que trasciende su propio tiempo, entonces encuentras a personas de 30 años que suspiran por el Mayo del 68, la bohemia de París de principios del XX, la California hippie de los 60, los cabarets de la Habana de Batista.

También está el lenguaje, un acento particular, ciertos vocablos, expresiones, sobre todo la jerga más coloquial, la que no se enseña en las escuelas. Ofensas, maldiciones, el lenguaje del sexo. Conozco gente que baja la voz cuando dice alguna palabra prohibida aunque nadie a su alrededor sepa qué está diciendo.

El idioma te ata a tu infancia, a tu cultura. En una antigua novela de guerra una espía es descubierta porque en el momento de parir gritaba en ruso y ella se hacía pasar por alemana. Supongo que un navajo viviendo en Tokio debe echar en falta todo su idioma. Hablarlo, incluso el sonido de su acento.

Pienso en los dialectos que desaparecen. En el último habitante de algún lenguaje. Una persona que no puede comunicarse con las palabras que aprendió de sus padres.

 

II

Toda poética, toda idea que se precie debe tener un opuesto que ejerza la misma fuerza en dirección contraria. Más o menos por el tiempo de Homero, alguien no muy lejos de allí escribió la fabula de Lot.

Los ángeles de Jehová avisan a Lot que Sodoma, su ciudad, será arrasada. Le dicen que abandone el lugar con su mujer y sus hijas. Le advierten que no miren atrás.

(Mirar atrás, buscar la patria, ceder a la nostalgia)

La mujer de Lot, en medio de la huida, se vuelve para ver su casa por última vez. Queda convertida en una estatua de sal.

No se habla más de ella.

Fin de la historia.

 

III

Una de las características que definen al humano es la transformación del medio a su conveniencia. Algunos animales fabrican estructuras complejas. Los castores construyen embalses, las abejas panales geométricos, intrincadas cuevas las hormigas. Hay quien habla de pájaros o peces que utilizan herramientas. El hombre va más allá.

Primero fue el daguerrotipo. Antes había sido la pintura pero aquel invento de química y luz era más transportable, barato, más fiel al original, más democrático.

Fotografía, video, teléfonos móviles, aviones que te llevan de Moscú a Guayaquil en ocho horas, vuelos de bajo coste, multinacionales de comida rápida, mercados en Alaska donde puedes comprar yuca o mangos, música grabada, invernaderos, frigoríficos, Internet, cámaras web.

Aun faltan los olores, el gusto, el tacto, pero cada vez está más cerca el día en que alguien encerrado en una habitación pueda recorrer cualquier lugar del mundo, cualquier tiempo. Tu barrio, tu infancia, el pasado perfecto que no existió nunca, un pasado a tu medida. Quizás es material para un relato. Un hombre que fabrica un país entre cuatro paredes. Un hombre que reinventa o Re-Construye su vida.

¿Habrá lugar entonces para patrias o nostalgias?

 

IV

En la antigüedad se relacionaba a Hermes (Mercurio) con los inventos, y a Hefesto (Vulcano) con el fuego, la forja, los oficios industriales. No estoy seguro cuál de los dos se ocuparía hoy de la tecnología.

Viene a mi mente una imagen: Hermes o Vulcano, qué más da. Delgado, casco, pies alados o cojo, feo, con cara de ogro. El caso es que sostiene una balanza. En un platillo el loto, pequeño, brillante, jugoso, dulce; en el otro un puñado de sal. Pudiera ser también un negro alto, corpulento, con abrigo largo y gafas oscuras. Te mira. Extiende las manos, dos cápsulas.

¿Loto o sal? ¿Qué eliges Neo?

 

Foto: Ahmel Echevarría (Obra exhibida en la XI Bienal de La Habana)