Por: Yanira Marimón

No es imprescindible haber visitado La Habana para conocerla. Basta con leer La Habana expuesta, antología de Nancy Morejón, publicada en 2012 por Ediciones Vigía, para poder sentir, y hasta palpar, la peculiar atmósfera de este entorno urbano. Nancy se suma a esa amplia lista de notables escritores cubanos (dentro de los que destacan Cirilo Villaverde, José Lezama Lima o Virgilio Piñera) que desde el siglo XIX han tenido la Ciudad de La Habana como referente o trasfondo histórico, político, cultural, mítico o afectivo.

Un antecedente de esta antología es el libro de la propia autora Amor, ciudad atribuida, de 1964. El tema de la ciudad ha sido recurrente en su poesía. Nancy nació y creció en el mismísimo corazón de La Habana y, lejos de ser una espectadora pasiva de su paisaje, su idiosincrasia y su gente, logra fundir en su escritura, magistralmente, cada uno de estos elementos hasta crear una simbiosis perfecta poeta-ciudad. No es su intención primera poner al descubierto los macro elementos de esta urbe, sino su vida mínima, íntima, cotidiana; el barrio, ese diario transcurrir de las personas sencillas, su dolor y alegrías, los encuentros y desencuentros, las pérdidas, la nostálgica remembranza por el pasado.

“Se abre una puerta de caoba, (nos dice Nancy en su poema “Lugares”) los primos, los ocho primos volaron frente al espacio de las ventanas”. Nancy dibuja esta escena con sus palabras. Esta escena es eterna y es la que queda en mis recuerdos, la de una puerta de caoba que se me antoja enorme abriéndose a la algarabía de los niños, que aparentaban tener la quietud de las madrugadas inofensivas de otra época.

Los primos, como violetas del patio, no volvieron a hablarse nunca más, olvidaron incluso su arena, su olor, el néctar de los patios. Imágenes de bella y desgarradora tristeza. Y sin embargo es esa puerta de caoba abierta de otros tiempos lo que perdura en mi memoria.

El corazón de la ciudad no habita en su macro mundo, en la imagen edulcorada y fría que puedan tener de ella algunos improvisados turistas o visitantes de paso. El corazón de La Habana, nos dice la poeta, está en los márgenes de las aceras, en una canción de esquina, en el rumor de los pregoneros, en la mirada o los cabellos enredados de los carpinteros, hombres llenos de fuego, en sus fábricas, en el humo misterioso de los cigarrillos y las chimeneas.

Y es que Nancy ha confesado que no sabría explicarse sin La Habana. La Habana para ella es una categoría. Una buena parte de su poesía está vinculada a lugares de la ciudad menos reconocidos. En sus libros hay siempre algún poema a la ciudad y tiene el mérito de haber incorporado a la poesía zonas a las que nadie había cantado anteriormente, como en su poema elegíaco “El río de Martín Pérez”, donde lo llama “río de mi pobreza líquida / río de mi fortuna sólida / río de nuestras hambres”. Con su mirada acuciosa y su especial sensibilidad, la poeta fotografía ángulos exactos de La Habana y asegura que el corazón de la ciudad no ha muerto, que perdura y perdurará gracias a esa inmortal luz que lleva por dentro, a esa dignidad impuesta a cualquier deterioro. ¿Quién soy?, se pregunta; y sus respuestas están vinculadas inevitablemente al entorno que le fue dado. ¿Quién soy que voy de nuevo entre las calles, entre la plaza del pueblo, entre los parques, entre la ciudad vieja, entre el viejo Cerro, entre la catedral, entre mi puerto? Nancy nombra estos sitios como propios, atribuyéndoselos sin ningún pudor, haciéndolos suyos con total sentido de propiedad y pertenencia.

Otro elemento recurrente en sus poemas es la presencia de la luz, categoría que aparece de forma explícita o implícita: la luminosidad de los patios sin altos muros de donde sale tanta estrella, la brisa del mar que un buen día paró su rumbo para asomarse a los balcones de la calle Manrique, sepultada junto al cuerpo de Nélida por los escombros implacables de un techo. Y bajo ese balcón están ella y los girasoles vomitando su luz. El sol en los parques, el sol plomizo del verano, el calor sofocante de las tardes, el malecón, adonde vamos a tomar un poco de aire frente a la bahía, con el temblor del cuerpo ante esas aguas confundidas que la separan de una ciudad cuyas entrañas se alimentaron, hace mucho, de estas aguas azules, de los arcos de esa ciudad amurallada y de sus fortalezas antiguas forjadas con un antiguo brillo. La luz y el agua, fundidas en estos versos de Nancy Morejón para ofrecernos la magia única de una ciudad marina, espontánea, y abierta.

Este libro deviene suerte de reino autónomo donde el verso transita con libertad y donde la poeta rememora el pasado, la añoranza por lo que ha sido y no es, como el viejo café de los poetas con su luz blanca que perdura, vertiginosa, poderosa y flamante. Magia interrumpida acaso por el intruso lente del turista que no puede entender que estamos asistiendo a esa sublime eternidad reencontrada. La presencia sempiterna de los padres, el paseo por el Parque Central y otra vez la demasiada luz que no hubiese alcanzado a entender Van Gogh. La Quinta de Los Molinos, donde vamos a encontrarnos con la sedosa liebre que se nos adentra al primer sueño de la infancia, a recorrer su luz a la hora del ángelus para retornar al camino cíclico de la memoria.

El poema “Los primos”, a mi juicio uno de los más bellos de la antología, es un canto sublime a la ciudad de su niñez y al desarraigo de los que se marchan, dejando de ser para convertirse en parias, en peregrinos:

Mi primo Fernando (nos dice)

ante un vórtice de lágrimas negras.

Fernando y yo por la calle Empedrado.

Fernando y yo reconociéndonos en el humo especial

de los telares de Muralla en agosto.

Y también, añadiría yo, en los albañiles, carretoneros, pescadores, bebedores de ron, hombres sin historia aparente viviendo sus vidas mínimas, con sus cargas de chapapote negro en sus espaldas a pesar del mar insólito y azul.

Los Sitios, la Quinta de los Molinos, Peñalver 52, Manrique, El Paseo del Prado, la Alameda, Empedrado, lugares cotidianos, andados o reinventados en su memoria, conforman una geografía única por la que la autora entra y sale con toda libertad, sabiendo que el rumor de estos la acompañará a cualquier sitio.

Son entonces estos 24 poemas que conforman La Habana expuesta un paseo profundo por la ciudad que la vio nacer. Un paseo con los ojos bien abiertos y expectantes a su paisaje físico y moral, porque (Y Nancy bien lo sabe) una ciudad no es solo sus iglesias, sus parques y monumentos, sino también el mejor ánimo de los habitantes que la pueblan y, por eso mismo, la conforman.

Foto tomada de: Cubadebate