Una pelea cubana contra los demonios
| 13 mayo, 2011 | Posted by Ahmel Echevarría under Cine |
¿La verdad está ahí afuera? Parece. He intentado recabar información, juntar datos tras ser testigo de un episodio: la caída de varios fragmentos de —digamos— un aerolito. Preparé un file y lo he clasificado como Caso L o Expediente L. El episodio fue breve pero intenso. Lo puedo asegurar.
El aerolito —llamémosle por ahora simplemente L— es de una naturaleza poco común. Es leve y al mismo tiempo grave. A ratos se vuelve inasible. Su energía es inestable. Vivir este episodio deja una estela de incertidumbre, al menos es la sensación que me dejó tras experimentar o vivir dicho episodio. Esa ha sido mi conclusión sobre las características de L luego de tener frente a mí esos fragmentos.
Hay otros testigos y tras vivir la experiencia brindaron sus testimonios. Muchos coinciden, otros aportan datos nuevos. Cabría preguntarse si todos los testimonios son fidedignos, si no están marcados por la intensidad de haberlo vivido en mayor o menor cercanía pero cercanía al fin, o por el aura del mito —digamos—. ¿Lo que he recopilado será completamente cierto? Podría serlo. Podría ser parte de la verdad sobre L. Podría estar ahí, afuera.
Expediente L (work in progress)
Nicolás Guillén Landrián (La Habana, 1938 – Miami, 2003). Cubano, negro, seis pies de estatura. Pintor, cineasta —escribió un poemario durante su ingreso en un hospital psiquiátrico. Si existe, el volumen de poemas permanece inédito—. Este Nicolás es, digamos, el aerolito, nuestro L. En su etapa de formación como documentalista fue discípulo del realizador holandés Joris Ivens y del danés Theodore Christensen. El Expediente L incluye la lista de su filmografía, formada en su totalidad por documentales de corto metraje: El Morro (1963), En un barrio viejo (1963), Un festival (1963), Los del baile (1965), Ociel del Toa (1965), Rita Montaner (1965), Reportaje —también conocido por Plenaria campesina— (1966), Retornar a Baracoa (1966), Coffea Arábiga (1968), Expo Maquinaria Pabellón Cuba (1969), Desde La Habana, 1969, recordar (1969), Taller de Línea y 18 (1971), Nosotros en el Cuyaguateje (1972), Un reportaje sobre el puerto pesquero (1972), Para construir una casa (1972) e Inside Downtown (2001). A esta lista deben agregarse los documentales Homenaje a Picasso, El Son, Patio Arenero y Congos reales (por los testimonios del propio Landrián y de algunos testigos podría concluirse que estos cuatro cortos sí fueron realizados, la existencia de los mismos tal vez podría verificarse en los archivos fílmicos del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfico, ICAIC).
Pero no todo fue celuloide en la ruta de este aerolito. Por un lado estuvo la folie: la esquizofrenia marcó parte de dicho recorrido. El Expediente L incluye fragmentos de su correspondencia con el realizador cubano Manuel Zayas, donde habla de su estancia tras la reja de un calabozo (en el texto dice “¿Te imaginas tú lo que fue para mí verme de pronto en los calabozos de Villa Marista?”), su estadía en una granja creada para el personal dirigente que mantenía una conducta impropia (una granja en la Isla de la Juventud), y nuevamente la folie, porque necesitó ser atendido por el personal médico de la granja, que aconsejó un tratamiento con especialistas, de ahí que la próxima coordenada que caracterizaría el recorrido de L fuera un internado en un hospital psiquiátrico (según Nicolás Guillén Landrián: “Me llevaron de Gerona a La Habana, donde fui internado en el Hospital Siquiátrico Militar que tenían ahí en Ciudad Libertad”). Su correspondencia con Manuel Zayas da fe de que luego del alta médica la otra coordenada fue la prisión domiciliaria en la casa de sus padres, la que duró hasta concluir la sanción.
¿El fin? No. Este no es el fin.
El ICAIC decidió encargarle un documental didáctico sobre la cosecha de café en la Ciudad de La Habana —a este programa de cultivo de cafetos se le conoce como el Cordón de La Habana—. Según las intenciones de Landrián buscaba “hacer un ameno documental, divulgativo más que didáctico, de todo lo que había tenido que ver con el café”. Y el resultado fue Coffea Arábiga (1968).
Según los testimonios, tres años después lo expulsan del ICAIC por supuesta conducta antisocial y manifestaciones disidentes. Pero el año 1971 no marcará el fin. No. Este no es el fin. En 1989 el aerolito L tendrá una nueva coordenada en su recorrido, la que lo situará, durante 14 años, en Miami. Y Miami es sinónimo de exilio. “Deportación voluntaria” (¿? raro término: recabar más información), esta incongruencia para con el uso del Español fue el dato encontrado que justificaba el viaje Habana-Miami. Solo en 2001 volvió a dirigir un audiovisual: Inside Downtown. Este documental se rodó en las calles de Miami (“Quería comunicar que yo estaba en Miami, que estaba vivo y haciendo cine (…) es como una necesidad mía de demostrarme que podía realizar cine todavía”). Pero algo no concuerda en los testimonios archivados en el Expediente L y es la fecha de su expulsión del ICAIC (1971) y la fecha de realización de tres de sus cuatro últimos documentales. Salvo Inside Downtown, realizado en 2001, en la lista de su filmografía está consignado el año 1972 como la fecha de realización de los cortos Nosotros en el Cuyaguateje, Un reportaje sobre el puerto pesquero, Para construir una casa (¿?, incongruencias, recabar más información).
Nicolás Guillén Landrián falleció en julio de 2003 (se manejan tres fechas: 21, 22 y 23), víctima de un cáncer de páncreas que hizo metástasis en los pulmones y el hígado. Tenía 65 años y quería que lo sepultaran en Cuba. Así se hizo. El cadáver de Landrián fue trasladado a La Habana para luego ser sepultado en una bóveda propiedad de la familia de su viuda (Grettel Alfonso Fuentes). Esta sí fue la última coordenada del aerolito L.
Hay una nota interesante que decidí añadir al dossier: “Es tal vez el único cineasta cubano maldito, contestatario, irreverente, con años en prisión, acusado de ser agente de la CIA y de conspirar para matar a Fidel Castro”. ¿De veras alguien como Landrián reunía las características para militar en el cuerpo de agentes secretos de la Agencia Central de Inteligencia? ¿Cómo encajaría el aerolito L en una conspiración cuyo fin era hacer diana en el corpachón de Fidel —y donde digo “diana” poéticamente debe entenderse cualquier plan de aniquilación? (¿?, un detalle más para el record de ambos, recabar más información).
Este sería, digamos, el fin (work in progress).
El aerolito L
No es asunto de elegir una calle cualquiera de la ciudad para encontrarse con alguien que tenga a buen recaudo el material fílmico de Nicolás Guillén Landrián en formato digital. La probabilidad es, supongo, similar a sufrir el impacto de un verdadero aerolito. De su filmografía a mí llegaron varios archivos digitales. Tuve en mis manos un raro material tanto por la posibilidad de acceder a ellos como por la propia naturaleza de los documentales. Y no estaría desacertado clasificarlos como fragmentos de un aerolito. Como primera aproximación diría que en ellos la gravedad se alterna con una visible levedad, son bastos y al mismo tiempo notablemente pulidos. Sé que resulta incongruente, que son características que se contradicen, que no establecen ninguna frontera lógica. Lo sé. Pero esa es la naturaleza de los materiales que vi: En un barrio viejo, Un festival, Los del baile, Ociel del Toa, Reportaje, Coffea Arábiga, Desde La Habana, 1969, recordar, Taller de Línea y 18 y Un reportaje sobre el puerto pesquero.
La sensación de incertidumbre comienza tras haber visto cada uno de estos cortos que han sido clasificados como documentales. ¿Acaso todos lo son? Este no es el inefable centro de mi relato, pero justo aquí comenzó mi desesperación. ¿Por qué? En algunos, en mayor o menor medida, el carácter informativo o didáctico de los hechos, escenas, tomados evidentemente de la realidad se va diluyendo para otorgarle una nueva cualidad al audiovisual filmado. Más que documentar un hecho en algunos de esos cortos se narra un hecho. Los actores sociales que han sido filmados devienen simplemente actores. Un supuesto papel a interpretar toda vez que el equipo de realización de estos audiovisuales ponen en marcha la maquinaria de edición, musicalización y postproducción. Una historia narrada bajo la cual fluirá otra. Y para ello el aerolito L, como director, se apropia de diferentes recursos. En sus trabajos se agencia del uso de una banda sonora a manera de collage que contrasta a ratos con lo filmado, o el uso de textos intercalados entre bloques de imágenes, textos que ironizan y guían el documental hacia extremos opuestos de lo narrado. Landrián documenta y/o narra sin acudir a la entrevista, elige planos, cizalla de su entorno, con close-ups, también con planos medios, a los actores sociales —o simplemente actores—, para apropiarse del universo que gravita en el interior de cada uno de ellos, para luego devolverlos ya sea al barrio, al taller, o al interior de una casa. Tanto el empleo de la foto fija o la fotoanimación, así como el uso de documentación puramente técnica, los silencios, o una muy poco usada voz en off y los planos elegidos le servirá para potenciar un discurso que irá desde la solemnidad más profunda —reflexionando así sobre temas como la muerte (Ociel del Toa), o para calar un entorno que parece estar al margen de las espirales de la Revolución del 59 (En un barrio viejo), la necesidad de hilvanar el muestrario de intensidades que fueron los 60´s aparece en su obra (Desde La Habana, 1969, recordar)—, hasta la levedad —empleada para dar su visión de la siembra de cafetos en Cuidad de La Habana (Coffea Arábiga) y que termina, tanto el film como el proyecto de siembra, ya sabemos cómo, o para adentrarse en las particularidades de la producción de los ómnibus Girón (Taller de Línea y 18), y aquí la mirada del aerolito L no se detiene solo en el proceso productivo sino también en las personas que forman parte del mismo.
En los testimonios encontrados se dice que sus últimos documentales los realizó bajó una pérdida de lucidez creativa: Un reportaje en el puerto pesquero, Nosotros en el Cuyaguateje y Para construir una casa (todos realizados en 1973). ¿Será cierto? Supongo que debería apropiarme de una cita de Landrián para dar una respuesta: “No tengo conflictos estéticos con ninguno de mis filmes. Todos los conflictos estéticos son resultado de los conflictos conceptuales. Yo quería ser un intérprete de mi realidad. Siempre estuve en el vórtice de la enajenación. El resultado cabal es cada filme terminado.” Esta rara paz que emana de la cita de Landrián podría ser el resultado de una dura pelea contra los demonios que rondan todo acto de creación. ¿Cómo ubicar a Landrián en la documentalística cubana? ¿Sería sensato apostar por este caballo? “Yo trataba de hacer un cine que no fuese igual a lo demás, que no coincidiera con lo demás, que fuera un cine muy personal. A veces, el trabajo lograba ser tan difícil que salían cosas a pesar de mi intención previa”. Eso dijo.
Vuelo
Cáncer de páncreas. Miami. Quisiera comunicar que estoy en Miami, muerto y haciendo cine. Metástasis. 65 años, cubano, negro, seis pies de estatura. Es como una necesidad mía de demostrarme que puedo realizar cine todavía. Metástasis en los pulmones y el hígado. ¿Alguien ha visto la muerte? Un cuerpo que yace sobre una cama. Tapado. La muerte. El fin. Volaré. Volveré a La Habana. No. Este no es el fin. Del exilio volveré al exilio. La Habana. ¿Alguien ha visto el exilio? ¿Es esto la muerte? El exilio es peregrinaje, vacío total.
Estos podrían ser los intertextos de un documental de Landrián. Un documental de Nicolás Guillén Landrián sobre su propia muerte. Podría llamarse Vuelo. Para el aerolito L el exilio fue peregrinaje, vacío total, “una desgracia”. La imposibilidad de adaptarse a la vida en Miami tal vez sea el motivo de un cambio de ruta que tuvo como última parada el Cementerio de Colón. El cadáver viajó desde Miami al aeropuerto José Martí y de la terminal aérea por carretera cruzó el arco del cementerio. ¿Su vida fue una eterna pelea? Hay quienes dicen que sí. ¿Será cierto? Bueno, la verdad está ahí afuera. Aunque me gustaría agregar un detalle: los restos de Nicolás Guillén Landrián terminaron en el Cementerio de Colón y no hubo ceremonia pública ni oficial —nadie lo testimonia.


[...] Vercuba: Ahmel Echevarría, sobre Nicolás Guillén Landrián. [...]
Esto es robao al ezine THE REVOLUTION EVENING POST…