«Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda». Así empieza Ventajas de viajar en tren, la noveleta de Antonio Orejudo (Madrid, 1963) publicada por Arte y Literatura en 2008, ocho años después de su aparición vía Alfaguara. La mujer que se nos pide que imaginemos es Helga Pato, una agente literaria que planea introducir publicidad en los libros, deslizar anuncios publicitarios en las tramas. La primera pregunta es: ¿qué productos anunciaría Helga Pato en las páginas de una novela en la cual ella es personaje, un libro donde todo el mundo está loco, o está en proceso de volverse loco, o vive rodeado de locura?

Ventajas de viajar en tren, que según el autor es «un alegato contra la literatura intimista», contra la literatura «que presta mucha atención a los sentimientos, al alma y al ser humano», hace pensar de inmediato en Manual de literatura para caníbales, la novela de Rafael Reig publicada con anterioridad por la misma editorial cubana. Hay varios puntos de contacto entre ambas novelas. El comentario mordaz sobre ciertos manejos de la literatura y del campo literario. El relato como desvío y frontera. El humor como fórmula base. Reig y Orejudo, de la misma generación, ocupan un espacio medio indie en la narrativa española contemporánea, lejos de la idiotez del realismo predominante. Un realismo habitualmente reducido, en efecto, al ámbito del intimismo, el anecdotario emocional y la gestión de una memoria privada.

En manos de la agente literaria con delirios de publicista cae un cuaderno con relatos de pacientes psiquiátricos. Todo estalla a partir de ahí. En Ventajas de viajar en tren (especie de novela-cuaderno en sí misma) dicho cuaderno se conecta con otras historias que le ponen cuerpo al vínculo sumamente estrecho entre narración y locura, entre patología y subversión. Esa franja donde lo que llamamos sentimientos, alma y ser humano, puede ser leído (y pide ser leído) desde la coprofilia, el autismo, la esquizofrenia, los trastornos de identidad. Por aquí pasa toda una reflexión sobre los dilemas de la escritura (y, seguidamente, de la lectura y de la crítica). Porque cuando el loco relata su tragedia o su comedia individual, en su lengua quedan voces remanentes, chapurreadas, rotas, que son como astillas del entramado social. Nada menos íntimo, nada más político que la voz del loco.

Orejudo carga las tintas en la mentalidad paranoide: ciertos testimonios revelan que un programa de ayuda humanitaria en los Balcanes encubre un negocio de prostitución infantil, videos snuff y tráfico de vísceras humanas, en el cual participan la OTAN, el Papa y los peces gordos de la UE; un escritor vasco expone en una novela que todas las noticias que vemos en televisión, así como los partidos de fútbol, siguen un guión preestablecido, escrito por teleadictos que construyen la realidad; un ex-basurero nos informa: detrás de la recogida de basura hay una organización parapolicial y un sofisticado sistema de clasificación, control y vigilancia de los ciudadanos; mientras tanto, en Nueva York, teme por su vida un ex-Ministro de Cultura cubano, quien ha descubierto la existencia de una sociedad secreta entre los escritores que desde hace siglos viene manejando técnicas hipnóticas para manipular la voluntad de los lectores. Otro personaje, un psiquiatra, advierte que «Las narrativas de los paranoicos son extremadamente efectivas y convincentes, y pueden llegar a ser peligrosísimas».

¿Acaso la interpretación errónea, los nexos improbables y las conclusiones delirantes no son constitutivas de la ficción más esclarecedora? ¿Será que en modo de conspiración y sospecha se escribe siempre la verdad? Recordar a Burroughs: «Paranoico es aquel que sabe lo que está pasando».

Todo lo anterior confluye necesariamente en la pregunta sobre lo que se escribe hoy en Cuba, donde ser paranoico es tener sentido común. La paranoia impregna los espacios públicos. Sin embargo, el sentido común es el menos común de los sentidos por los que transita hoy la narrativa cubana. Pero la voz del loco está ahí, siempre ha estado ahí, y también puede (y debe) contar historias. Ojalá que estas Ventajas de viajar en tren se conozcan, funcionen, circulen, no tanto como novela sino como estimulación hipnótica del poder de nuestros lectores/escritores. Ojalá, pero no lo creo.